No hace mucho tiempo, entre combates y combates —de fútbol— se publicó aquí “Hortografía”, una reflexión sobre cómo una noticia periodística achacaba, más o menos arteramente, los malos resultados de las recientes oposiciones de docentes a “la cantidad de faltas de ortografía en los aspirantes jóvenes”.Intentamos entonces desmontar la bisoñez de ese argumento contra iuvenes, puesto que no se divulgan, que sepamos, estadísticas sobre la edad de los presentados.
Pero ese mismo día una amiga no muy alarmada nos manda rauda otra noticia, acompañada esta vez de la imagen de una convocatoria de protesta, cuyo titular reza: “Padres de opositores suspendidos los acompañan a reclamar los ceros: “Puso ‘globo’ con ‘uve’ muchas veces, pero se presentó con sus progenitores“. Una vez más, el subtitular desliza otra información:En Madrid, aspirantes a una plaza de profesor organizan este martes una concentración con el lema: “Basta de ceros injustos. Transparencia en la corrección ¡Ya!”. No hay ya referencias a los atribulados padres ni a los errores ortográficos. El caso es que a lo largo del día recibo en repetidas ocasiones esta información, de gente a la que, como no podía ser de otra forma, respeto y considero.
Admitíamos en su momento que no conocíamos a muchos opositores o examinadores; pero, entre los padres (reales o putativos) identificados, la verdad sea dicha, no hallamos a quienes puedan lanzarse a degüello en defensa del joven opositor. Se da por sentado, como en el primer titular, que los examinandos de meninges más restringidas son los más jóvenes; si se publican las estadísticas etarias, podremos comprobar todos que se trata de un proceso al que se presentan ciudadanos de muchas edades y de que los hay ya bastante talluditos. Homo sum, humani nihil a me alienum puto: seguro que algunos progenitores con hijos en edad de merecer (independencia) habrán lanzado imprecaciones contra culpabilidades ajenas, humanas o divinas; y, por supuesto, —¡cómo no!—, recibido palmaditas, abrazos y palabras de aliento con la esperanza en un mañana más favorable. También habrán actuado así novios y novias, esposas y esposos, amigos y amigas y todo el entorno que mantiene vivo el esfuerzo.
Es posible que haya algún padre o madre que acompañe al suspenso en su indignación ante las administraciones responsables, no lo negamos; es más, lo creo del todo probable. Lo que intentamos refutar aquí es que esa situación, aritméticamente ínfima, defina a un colectivo, que de esta manera queda retratado no solo como ágrafo funcional sino también como pusilánime moral. ¿Qué interés hay en expandir el cliché de que el fracaso del proceso selectivo de maestros se define por la ineptitud expresiva de los jóvenes, incapaces siquiera de asumir sus propios errores, amparados en el cielo protector de la familia? Decidimos esperar al día de la manifestación anunciada en el cartel de la imagen a ver qué pasaba; no se nos pasó por la cabeza viajar a Madrid, no fuera que tras el alboroto viniera el tiroteo, que los meses de julio los carga Belcebú. No se ha publicado gran cosa ni el 14 ni el 15. En algún medio se citaba una reseña de EFE de la concentración ante la Consejería de Educación de Madrid con manifestantes “que llevaban globos y camisetas blancas con un cero delante”, que calculaba en unas decenas de opositores (aunque la imagen de la grabación no llega ni a la treintena, que ciertamente son tres decenas), sin citar ningún tipo de apoyo consanguíneo.
Algún caso aislado de quien se sienta débil ante la adversidad no puede sustentar una impresión negativa de los que se presentan a un proceso selectivo con un historial variopinto de biografías, esfuerzos e ilusiones, con errores quizá, pero con aciertos más que respetables.
¿Nos sentimos responsables, en la parte alícuota que corresponda, de nuestras habilidades e impericias, que han de traducirse en nuestros éxitos y fracasos?
Es cierto y verdad que tal situación nos permite abrir una interesante discusión sobre una percepción grupal que puede estar generalizándose. ¿Nos sentimos responsables, en la parte alícuota que corresponda, de nuestras habilidades e impericias, que han de traducirse en nuestros éxitos y fracasos? ¿O acaso ya estamos llegando a la conclusión de que la sociedad en que vivimos, con estrechos márgenes de confianza, no las valora? ¿Para qué aprender cálculo, si la maquinita nunca se equivoca? ¿Qué interés tiene escribir correctamente, si la pantalla rectifica con su magia los errores? ¿Por qué dedicarse a los idiomas, si existen traductores (de los que tienen pilas y de los que poseen corazón)? ¿Para qué investigar en el trabajo de fin de grado o en la tesis, si se puede copiar de un idiota ignoto o ya olvidado? ¿Para qué pensar, reflexionar, crear, en definitiva, si la mayor parte de los problemas [que nos dicen] que nos atañen los resuelve la llamada “inteligencia artificial” con un sorbito de energía? Un buen amigo afirma que forma parte del desprecio general del saber al que estamos sometidos, ya que saber y éxito no están en la misma ecuación. Seguramente nunca lo estuvieron.
La escena de Cabaret que más comenté en mis fenecidas clases es aquella del barón Maximilian von Heune (Max) refiriéndose a los nazis como un hatajo de vándalos de los que ya se desharían una vez que hicieran el trabajo sucio. A lo mejor quiso decir un “atajo”, sin la “h”, que la pobre es muda. Conociendo ya los resultados de tal desatino (aunque seamos de los que no creemos que la historia se repita y tengamos serias dudas de que ni siquiera rime, pensamiento atribuido tradicionalmente a Mark Twain) lo que no empecemos a hacer nosotros con cabeza y tiento, nos lo desharán otros o simplemente no se hará.
Pero tenemos la certeza de que no se construye desde el insulto y la descalificación colectiva.
Pedro A. Jiménez Manzorro.
ANEXO: MANUAL DE DISCUSIÓN
En los dos últimos artículos se han planteado numerosos temas de discusión. La dirección europea de REDES sugiere que los organicemos. Esta es nuestra propuesta:
- Federico García Lorca no ponía tildes (¡ni en *pajaro!), pero ideó y escribió La casa de Bernarda Alba. La ortografía no es un tema en sí mismo sustantivo: lo es el conjunto de la claridad expresiva y de la propia expresividad: exposición de ideas aplicadas al texto y a su situación, vocabulario adecuado y certero, puntuación clara y, por supuesto, correcta ortografía de los términos adecuados. Nadie entienda estos artículos como una renuncia a escribir adecuadamente en TODOS los niveles citados.
- En estos aspectos no ha existido una exigencia universalizada, ni siquiera en los distintos sistemas educativos que nos llegan en sucesivas oleadas hace décadas. Ha sido siempre un esfuerzo colectivo en Primaria, menor en Secundaria conforme avanza la especialización de las materias y en la Universidad.
- La comisión de faltas de ortografía ha expulsado del proceso de selección, junto con otras causas, a aspirantes a maestros y profesores de la enseñanza pública. Se puede pensar que entre ellos habría profesionales que podrían enseñar a sus alumnos bien y mucho, aunque…
- … ellos mismos debieran poner el mayor cuidado en el conjunto de su propia expresión y en la de la de sus acólitos.
- … esta debiera ser considerada un esfuerzo colectivo del conjunto de maestros, profesores, equipos pedagógicos y directivos y, por supuesto, de las administraciones educativas.
- … debiera reconsiderarse muy seriamente el sistema de acceso no solo a las plazas educativas de las administraciones públicas sino también de las distintas privadas, que nadie hasta ahora ha traído a colación. ¿O alguien duda de que esos mismos aspirantes revocados son contratados para ejercer (o seguir ejerciendo) como profesores, si los dioses les son favorables, en colegios privados y concertados e incluso, en las mismas administraciones públicas, engrosando el número de interinos?
- El hecho de que un grupo presente una reclamación contra la corrección de unas pruebas o contra unos resultados que puedan considerar injustos es un derecho que debiera ser respetado de manera eficaz y prístina. Si algún familiar se mete por medio, siendo como son mayores de edad los aspirantes, debe ser puesto en su sitio, es decir, el del necesario apoyo social contra medidas consideradas injustas que pudieran organizarse en asociaciones ciudadanas, docentes o sindicatos de profesores.
- No es menos importante discutir, como personas mayores y responsables, a dónde nos puede llevar la hiperprotección de los menores (no uso voluntariamente los términos padres/ hijos, puesto que la corriente de acompañamiento, auxilio y amparo sobrepasa el vínculo familiar y ocupa también relaciones sociales terciarias). El asunto no es nuevo, si escudriñamos en nuestras memorias. Lo que ha cambiado, desde nuestro punto de vista, es que los ascendientes (físicos o morales) de hoy están convencidos de que es su deber social preservar y sostener al protegido hasta mucho más allá del ya fenecido sonrojo por dos razones: la primera, porque viven el fracaso como descalabro propio y la segunda, más preocupante, porque han dado por perdido cualquier atisbo de justicia en la sociedad. Estos a Sócrates le irían escupiendo por la calle, mientras le compraban a Anito, Meleto y Licón botellines de cianurín.
- Por tanto, se convierte en necesidad democrática volver a pensar el sistema de formación de profesores y de su acceso a la enseñanza (sin distingos). Y esto es un jaleo, porque hay que luchar contra una larga tradición (de siglos), sistemas educativos territoriales que no saben trabajar en común, situaciones intermedias de privilegios, castigos y recompensas, intereses cruzados de academias y preparadores y, por supuesto, multitud de esperanzas, de buenas intenciones y de muchos valores que no cotizan en bolsa (aunque esperamos que sí en la mochila de clase).
Queda abierto el multidebate.
Magnífico colofón a _Hortografía_ e interesantes propuestas para posibles debates que no deberíamos echar en el saco del olvido porque, como bien señala el autor: “*…lo que no empecemos a hacer nosotros con cabeza y tiento, nos lo desharán otros o simplemente no se hará.*”
Gracias, Pedro.