Pedro A. Jiménez Manzorro
No suelo escribir de cosas de profesor desde que dejé de serlo hace un par de años, porque los restos orgánicos se agarran, siempre con fruición, al fondo de los pocillos y se siguen creyendo café de primera quienes fuimos, como mucho, achicoria con pretensiones.
Pero una amiga me manda alarmada una noticia de El Mundo (fíjese usted) de que muchas plazas de oposición de docentes han quedado vacías, insinuando que los errores ortográficos tienen la culpa: Alerta por la oleada de suspensos en las oposiciones a profesor, del 83% en Castilla y León al 63% en Murcia: “Es increíble la cantidad de faltas de ortografía en los aspirantes jóvenes” Es cierto que en el subtitular se señala ya con el alma más pequeña: “Los tribunales han detectado una preparación insuficiente y errores de sintaxis y de comprensión lectora”. Para terminar, en el cuerpo de la noticia se da más información, con la que ustedes mismos pueden apañarse. [No conozco ya a muchos aspirantes a profes ni a diligentes examinadores, pero rindo homenaje aquí, antes de seguir con el artículo, a dos chicos suspensos (uno de Educación Física y otro de Inglés) cuya bondad, empeño y dedicación sería la salvación de innúmeros chavales de las enseñanzas medias públicas.]
He tenido la dicha de impartir clase de Latín, Lengua Española (tanto para hispanoespañoles como para extranjeros de distinto pelaje) y de Filosofía y me atrevo a afirmar que en las tres me ocupé (y encontré a compañeros de distintas sabidurías que lo hacían) de la claridad lingüística: exposición de ideas aplicadas al texto y su finalidad, vocabulario certero, puntuación suficiente sin exageraciones y corrección ortográfica (y una manía personal, la interdicción de flechas-guía que dejaran el ejercicio como los aledaños del río Little Bighorn tras la masacre de Custer). ¿Lo logré/ lo logramos (casi) siempre? Por supuestísimo… que no (¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega, Rick!) Pero sí corregimos durante muchos minutos, en particular, y horas, en general, y discutido con los escribientes cómo se podía mejorar ¿Con mucho éxito? Pues tampoco, pero, por lo que sabemos, de ninguna manera con total desaprovechamiento.
Ahora que tenemos tiempo para pensar en ser lo que fuimos, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento
Mario Benedetti
Ahora que tenemos tiempo para pensar en ser lo que fuimos, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, no puedo por menos que acordarme de mis profesores y de los que me rodearon durante los años de docencia. Tuve uno de Mates que en el primer examen me corrigió con boli verde la palabra *desarroya” por desarrolla; nunca lo olvidé. Di con uno de Literatura que me suspendió por una falta de ortografía en una prueba teórica de 2º de BUP… por el atrevimiento de escribir Galloso como nombre, tomado en clase de apuntes orales, del códice Gayoso del Libro de Buen Amor: ese dios lo tenga en su seno. A lo largo de tantos años hemos quitado tantas tildes de nuestros compañeros de diversos saberes de la palabra exámen, que hemos llegado a tener verdaderas dudas existenciales [Por cierto, siempre me molestaron las tildes sobre jóven, exámen o vírgen —especialmente en esta última, puesto que me parecía violar su doncellez con esa fálica tilde.] ¿Y qué decir de los escritos de los documentos de las directivas educativas inferiores y superiores con sus mayúsculas “de importancia”, sus comas “guillotina” que tajaban el cuello de la oración, sus puntos y coma (;) que se reproducían como conejos y no precisamente para guiñarte un ojito, los médicos que afirmaban que a ellos les estaba permitido escribir sin usar tildes (algún artículo, supongo, del juramento hipocrático)? Pero ¿cuáles han sido siempre las mejores? las frases enrevesadas que a menudo escondían un asunto difícil de tragar (y eso que nuestras gargantas raramente regurgitaban).
De cualquier forma y como no podía ser menos, me alegro sobremanera que tanto los aspirantes como los escudriñadores de hoy hayan ganado tanto en los correctos usos y detección de preparación insuficiente y errores de sintaxis y de comprensión lectora (sin olvidar, claro está, la impecable ortografía) y me alegro infinitamente de no poder formar parte de los tribunales de oposición de profesores, cuyos requisitos deben de ser expandidos a cuerpos de Seguridad del Estado —donde creemos saber que ya sucede—, a los miembros de la Administración Estatal, Autonómica y Local, seleccionados por examen o elegidos por cooptación política, a la Judicatura (personalmente, hay jueces a los que no entiendo cuando leo) y a la Presidencia de los EE.UU. Eso sí, obviemos ya esos tests tan fáciles de augurar… de una u otra manera.
Los chicos que hoy se presentan a las pruebas, tras años de escuela, instituto y facultad, son resultado de muchos vaivenes lingüísticos: los profesores que primaban la expresión y la originalidad, la de aquellos a quienes directamente les importaba la ortografía ajena exactamente una higa, la de los que causaban pánico con los descuentos de puntos en el examen hasta poder sacar en la nota un “menos algo”, la de los pacientes con buen tino y sentido del humor que construían grupos sémicos, isotopías y campos semánticos, la de quienes miraban por la ventana observando cómo su vida partía sin remedio y la de los que, venidos de Hamelín, enganchaban a la clase desde el minuto uno. Y aun así, nos consta, los hay que son buenos profesores para la enseñanza de sus materias y de su correcta expresión. Creemos recordar que cuando uno va a una comunidad o país, cuya lengua no domina del todo, se les da un tiempo para mejorar, lo que suele suceder. ¿No se podría hacer eso con quienes unos tribunales preparados y con amplitud de miras no quieran convertir un ¿simple? proceso selectivo en un erial de hortografía.
El problema de las oposiciones, estas y otras, no radica en la ortografía. Ni en la expresión.