Coradino Vega
Una de las novedades más llamativas de la última Selectividad han sido los inhibidores de dispositivos electrónicos. Aunque el profesorado más veterano sepa distinguir con claridad qué respuesta ha sido redactada individualmente o cuál se ha servido de la ayuda de ChatGPT, la carga de la prueba ha requerido al parecer que algunas administraciones hayan hecho un importante reembolso para abortar interferencias digitales en la resolución de unos exámenes elaborados en buena parte con inteligencia artificial. Hace poco, Daniele Grasso y Jordi Pérez Colomé informaban del aumento del gasto público en los chatbots creados por OpenIA y Anthropic para la realización de tareas administrativas que muchas veces utilizan libremente datos personales de los ciudadanos. La propia Consejería de Educación andaluza suscribió un contrato con Google para el uso institucional de su Workspace y Gemini tomando los de todos los menores escolarizados en su comunidad autónoma.
No es cuestión de caer en los discursos apocalípticos que surgen con cada revolución tecnológica. La IA puede facilitar el trabajo burocrático que es otra de las cargas insostenibles que ha llevado a que muchos docentes de este país hayan salido este final de curso a la calle para gritar basta. También ayuda a personalizar los materiales didácticos ante la falta de recursos humanos que garanticen una individualización del aprendizaje de verdad. Pero avergüenza descubrir cómo muchos de esos departamentos o agencias que en los últimos años han brotado en las consejerías educativas (y cuya función admirable ha consistido en complicarles la vida aún más a sus compañeros profesores, inventando herramientas formativas o de autoevaluación con unos objetivos tan prolijos y estériles como pasajeros, repletas de indicadores homologados, logros, competencias, evaluaciones criteriales y demás palabrería pedagógico-empresarial), a la hora de elaborar las pruebas de diagnóstico de nivel para alumnos de primaria y secundaria, por ejemplo, hayan recurrido a la IA sin la supervisión de una inteligencia humana que adecúe los enunciados de los ejercicios al contexto real de sus destinatarios.
Del mismo modo que el uso masivo y omnipresente de WhatsApp ha convertido la escritura a mano en una habilidad artesanal en vías de extinción (más todavía, desde la costumbre ya extendida del envío de audios con la excusa de no tener tiempo para redactar, lo que ha poblado las calles de replicantes que hablan con su móvil como si se fueran a comer una tostada, sin caer nunca en que su receptor tarda más tiempo en escuchar ese audio que en leer un mensaje escrito concisamente), el nuevo hábito de hacerlo todo con la ayuda de la IA está contribuyendo con más eficacia aún a la generalización de la pereza intelectual. Como esos adultos que les reprochan a sus hijos la adicción a las pantallas sin mirarlos siquiera porque están a su vez todo el día con el móvil, así también han empezado a proliferar profesores fascinados por la IA que se enfadan mucho si son sus alumnos los que acuden a ella.
“En un mundo del todo mercantilizado y utilitario, dominado por los Zuckelberg, Musk o Thiel de turno, irrita seguir escuchando en las sesiones de evaluación de los institutos que aquellos estudiantes con mejor rendimiento académico deben cursar opciones de ciencias, mientras que a los que no les va tan bien se les recomienda cambiar a un bachillerato de humanidades.”
Se asombraba Iria Pérez desde A Coruña, en una carta al director de EL PAÍS que tenía algo de heroica, de que cada vez que salen las notas de la prueba de acceso a la universidad nos sorprendamos por que alumnos con una media estratosférica elijan carreras de letras. En un mundo del todo mercantilizado y utilitario, dominado por los Zuckelberg, Musk o Thiel de turno, irrita seguir escuchando en las sesiones de evaluación de los institutos que aquellos estudiantes con mejor rendimiento académico deben cursar opciones de ciencias, mientras que a los que no les va tan bien se les recomienda cambiar a un bachillerato de humanidades. Y casi nadie repara en la torpeza de ese proselitismo inveterado que siempre es científico. Pero hay que tener la mirada muy corta para incidir en una separación de saberes tan burda. Y no porque las grandes empresas tecnológicas hayan empezado a contratar a licenciados en Filosofía o incluso en Filología Clásica: Primo Levi, Rachel Carson u Oliver Sacks eran personas de ciencias que escribían mejor que la mayoría de profesores de letras.
Lo que la IA difícilmente podrá enseñar es la emoción que transmite la poesía, la música, el cine, la pintura. El sentido del humor. La ironía. La belleza sin filtros ni artificios. Desanima que la sociedad actual vaya marginando cada vez más ese enfoque humanístico. Pero todavía entristece más que esa minusvaloración provenga de las administraciones educativas y, sobre todo, del papanatismo tecnológico de parte del profesorado. Tras estos últimos meses en que las protestas y las huelgas por unas condiciones más justas se extendieron en Valencia y Cataluña, en que la visita del Papa apenas abrió un debate sobre el gasto y el uso de espacios comunes (no digamos ya sobre la pervivencia de los privilegios eclesiásticos en la enseñanza), y en que la climatización de las aulas públicas llegó a convertirse en la verdadera “prioridad nacional”, convendría tal vez pararse a reflexionar sobre qué modelo educativo queremos como país y como seres humanos.
Coradino Vega es escritor y docente. Su última novela se titula Entre mujeres, publicada en 2024 por la editorial Galaxia Gutemberg.