A…Normal

Últimamente tengo muy presente un momento mítico de la película de Mel Brooks El jovencito Frankenstein (1974). Me refiero a cuando el criado jorobado Igor -perdón, Aigor- le explica al doctor Frankenstein -quiero decir, Fronkonstin- que el cerebro que le dio para que lo colocara en la criatura de dos metros cuarenta de alto y uno treinta de ancho creada por el doctor no era precisamente el de Hans Delbrück, sino que pertenece a alguien llamado “A…Nosequé; A…Normal” -“Abby Normal” en el original inglés, un juego de palabras que derivaría en abnormal>anormal-. En la película, una de mis favoritas sin duda, esta escena, como tantas otras, resulta hilarante, pero me temo que el motivo por el que me acuerdo de ella con más frecuencia de la deseada no tiene ni puñetera gracia. Y es que a la realidad parece que también le han colocado el cerebro del tal Abby Normal: la anormalidad se ha instalado en nuestro entorno, nos asalta cada dos por tres; te aborda y te desarma cada vez que te asomas a la calle o a los medios. ¿Cómo definiríamos, si no, a las hordas de adolescentes, algunos acompañados de sus orgullosos progenitores, que tras el desfile militar del día 12 de octubre cantaban el Cara al Sol y arrogantes portaban siniestras enseñas franquistas, anacrónicas banderas con la cruz de Borgoña o trapejos casposos con las flechas y el yugo de Falange?

se están normalizando actitudes y discursos claramente ultraderechistas

A nadie se le escapará que esta anormalidad también se encuentra en el ámbito educativo -esa muchachada aún está en edad escolar-; lo que no sé si es del dominio público es que cada curso que pasa la frecuencia y el desparpajo de estas manifestaciones absolutamente aberrantes dentro de las aulas son mayores. De hecho, en los centros escolares, exclusivamente por moda, por borreguismo sexi o por una peligrosa frecuencia goebelsiana que no atiende a lógica, razón, eticidad o humanidad alguna, se están normalizando actitudes y discursos claramente ultraderechistas. Pero ¡ojo!, no estoy proponiendo con esto una mirada nostálgica a épocas educativas pasadas; siempre he tenido la sensación de que la escuela vive en una crisis permanente, en una higiénica crisis sin fin que nos impele a actuar, a replantearnos, a remodelar el sistema,… Sin embargo, ahora la sensación es distinta: a muchos se les han caído las caretas, el descaro ultra campa a sus anchas y las connotaciones dan miedo.

Es cierto que la anormalidad en el ámbito escolar no solo se refiere a estas nuevas tendencias de la posmodernidad neoliberal y fascista, valga el pleonasmo; es cierto que algunos síntomas de anormalidad vienen de muy lejos y afectan a otras facetas de la cotidianidad escolar. Abordemos algunas de estas anomalías por persistentes y llamativas.

No es normal, por empezar por algún sitio, que ande suelto tanto maestro Liendre sentando cátedra sin pudor alguno y desprestigiando a todo el que se le pone por delante. Por lo visto y vivido, jamás en la historia de la Humanidad el homo ha sido tan sapiens, a juzgar por la cantidad de especialistas en las más diversas materias -medicina, urbanismo, derecho constitucional, economía, geopolítica,…- que circulan por los espacios de debate analógicos y digitales al alcance de esta Humanidad híper sapiens. Como no podría ser de otra forma, también se cuentan a puñados los expertos en pedagogía y política educativa acodados en la barra de un bar o en la barra libre de las redes sociales. Este papel lo ejercen en los centros educativos descaradamente algunas familias, no muchas pero muy pesadas, que se plantan en, pongamos por caso, una asamblea de inicio de curso con el tutor o tutora del grupo al que asiste su vástago para indicar cuál es el método más eficiente para enseñar matemáticas o qué libros han de leer las criaturas durante el curso -obsérvese la perífrasis modal de obligación-. Creía uno que nunca vería algo parecido, pero soy capaz de poner varios ejemplos de esto e incluso de mucho más, de algo que desborda lo sapiens y alcanza la caradura sobreprotectora: la defensa torticera, por ejemplo, de un acto vandálico como es el lanzamiento de huevos halloweenescos a la fachada de un centro educativo como entretenimiento jocoso de una adolescencia algo alocada, pero sana en el fondo, según la acalorada versión familiar.

la modernidad educativa ha incorporado a la escuela sin pudor alguno una paleta variada de credos

A propósito de Halloween y su cercanía con la celebración católica del día de difuntos, es decir, ya que rondamos el terreno de lo fantasmagórico/espiritual, adentrémonos en el territorio de lo divino/espectral. Supongo que cualquier persona con un mínimo de sentido común estará de acuerdo con que no es normal que se impartan en nuestras aulas enseñanzas sin base científica y/o racional alguna. No parecería serio que el sistema educativo diera pábulo y lugar a conspiranoicos terraplanistas, a astrólogos desnortados, a espiritistas decimonónicos o a tripulantes de la nave del misterio. Pues bien, la costumbre ha hecho pasar como algo normal desde hace muchísimo tiempo que en nuestras aulas se traten asuntos del más allá en forma de asignatura confesional y, por si esto no fuera suficiente, en un exótico alarde de aperturismo y progresismo, la modernidad educativa ha incorporado a la escuela sin pudor alguno una paleta variada de credos. Por otro lado, si la memoria no me falla, allá por el siglo XVIII quedamos en algo que parece básico e irrefutable: la religión -cualquiera- pertenece al espacio de las emociones, de los sentimientos, es decir, quedaría relegada al ámbito estrictamente privado, por lo que no es normal que ocupe lugar alguno en una institución pública como es la educación reglada -ni, por supuesto, en otros espacios públicos y transitados, pero esa es otra historia-.

Tampoco es normal, por otra parte, que en un centro haya que encomendarse a los santos, mártires o divinidades varias de alguna de las religiones que se imparten en sus aulas para que no se nos muera un alumno de un síncope, de una bajada de glucosa o de una herida profusamente sangrante. No sé hasta cuándo el profesorado va a echarse sobre sus hombros la responsabilidad de la salud física de las criaturas a las que intenta enseñar algo; no sé cuándo alguien relativamente sensato se va a plantear meter a sanitarios en las plantillas de nuestros centros educativos.

Todo se fía a la profesionalidad del profesorado o a su buen corazón, lo que redunda en un grado anormal de explotación del colectivo.

Manifestantes se acercan a la Puerta del Sol durante la jornada de huelga en la educación el miércoles 14 de octubre en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ

No olvidemos, en este sentido, que algo similar sucede con la salud mental y con la atención al alumnado con necesidades educativas especiales. Todo se fía a la profesionalidad del profesorado o a su buen corazón, lo que redunda en un grado anormal de explotación del colectivo. La dignidad de nuestro alumnado con mayores dificultades pasa por la dignidad que se procure al trabajo del profesorado que los atiende, un profesorado que suele ser escaso y no siempre especialista en, pongamos por caso, la problemática real del espectro autista y sus posibles abordajes. 

Se ha normalizado la coordinación externa, a veces lejana y siempre insuficiente, de un EOE que no da abasto

En este ámbito de la atención al alumnado con dificultades, se ha aceptado también como algo normal que en un centro de Primaria no haya in situ un equipo de orientación con todos sus perejiles. Se ha normalizado la coordinación externa, a veces lejana y siempre insuficiente, de un EOE que no da abasto, que por falta de personal, para variar, no acaba de profundizar en las problemáticas existentes porque hay mucho que atender en la multitud de centros de su competencia. Me imagino que tan valioso es el equipo de orientación en un IES como en un CEIP; bueno, yo diría que la detección y la atención temprana son más importantes, por lo que resulta de una anormalidad exasperante la ausencia de estos equipos incrustados en cada uno de los centros de Infantil y Primaria.

otra vez se cuente con el buen hacer, el tiempo y el desgaste psicológico del profesorado para intentar contenerlas, que no resolverlas

En otro orden de cosas, aunque no demasiado lejano en ocasiones respecto a lo anterior, no es normal tampoco que de forma generalizada en los centros educativos las problemáticas socioeconómicas sean atendidas a base de parches, que otra vez se cuente con el buen hacer, el tiempo y el desgaste psicológico del profesorado para intentar contenerlas, que no resolverlas. Es una triste anormalidad bien palpable que no dispongan los colegios e institutos de equipos socioeducativos especializados y bien dotados para atender las necesidades básicas del alumnado en situación de vulnerabilidad social o ya instalado desgraciadamente en la más cruel exclusión social. De esta manera, resulta muy complicado que una clase funcione medianamente bien -y no me refiero exclusivamente a la labor del profesorado-. 

Profesores participan en la protesta en Sol.SAMUEL SÁNCHEZ

Entre esta serie de anormalidades y alguna que otra más sobre la que no me extenderé ahora, como el marcado frenesí privatizador de las políticas educativas actuales; en medio de este contexto educativo anómalo y tirando a monstruoso, plagado de profundas taras distraídas por la anestesia de lo habitual, de lo rutinario, de lo consuetudinario,… aparece como elemento vociferante, descarado e insolente la muchachada de las banderitas y de los eslóganes fascistas a los que aludíamos antes. Éramos pocos….

Al contrario de lo que la mayoría de la población puede pensar, este alumnado con tendencias fascistoides siempre ha habitado las aulas, pero tradicionalmente ha sido minoritario y sobre todo ha procurado achantarse, me imagino que por un inconfesable sentimiento de vergüenza propia. La normalidad social y escolar, además, pasaba hace no mucho por la reacción más o menos enérgica de una mayoría en contra de los ademanes y proclamas ultras.

se acusará de adoctrinamiento a quien intente contrarrestar el empuje violento ultra calificándolo despectivamente como ideólogo woke o rojo peligroso

Pero la escuela no es una burbuja y en las aulas se han colado también los aires autoritarios. No es extraño escuchar, por tanto, soflamas que creíamos que jamás se repetirían, discursos sonrojantes que la lógica histórica parecía haber desterrado definitivamente a un rincón abyecto del pasado. La atmósfera cada vez está más cargada en los centros educativos. El fantasma de la ultraderecha recorre nuestras aulas alentado además por un cuerpo social cada vez mayor que no solo apoya a los aprendices de fascista, sino que los defenderá furibundamente si desde la escuela se coloca algún parapeto democrático o mínimamente favorable a la defensa de los derechos humanos más básico; paradójicamente, anormalmente, se acusará de adoctrinamiento a quien intente contrarrestar el empuje violento ultra calificándolo despectivamente como ideólogo woke o rojo peligroso, uno de esos, por cierto, a los que las consignas de la muchachada fascista del pasado 12 de octubre deseaba transformar en abono para su huerto. Todo muy normal. Todo muy edificante.

Y es que hasta las clases llegan los mediáticos horizontes terraplanistas de los Íker Jiménez, Carmen Porter o Soto Ivars, las arengas retorcidas y crueles de los Eduardo Inda, Nacho Abad, Antonio Naranjo o el otro Jiménez, el tal Lo Santos. También y quizá antes, nuestra chavalería ha sido alcanzada por la mala baba y la actitud chulesca y provocadora de seudoperiodistas digitales ultras como Vito Quiles, Endongo, Negre y compañía. Pero no olvidemos que todo esto tendría poco predicamento sin los silencios o los aires cómplices que pueden soplar en las reuniones familiares, en las sobremesas en casa de los abuelos, en los corrillos de los titos algo achispados durante la barra libre de la boda de la sobrina, en los comentarios de papá y mamá en el coche camino del instituto,… Todos estos estímulos los reproduce acrítica y bobaliconamente nuestro alumnado, preadolescentes o adolescentes que evidentemente han errado el tiro de su rebeldía pegándose un tiro en el pie.

De modo que el profesorado, especialmente en los institutos, se está acostumbrando a algo absolutamente anormal: a atajar a alumnos -y aquí no estoy utilizando el masculino genérico o inclusivo, sino el de los machotes campeones- que desprecian a sus compañeros migrantes, que denigran a sus compañeras desde el machismo más recalcitrante y estúpido, que se burlan soezmente de las sexualidades no normativas, que tratan de provocar al profesorado con su “¡Franco, Franco, Franco!” o que sin pudor y sin conocimiento histórico suficiente hacen apología del dictador u ornamentan las instalaciones del centro con aguiluchos franquistas, yugos y flechas, esvásticas nazis, cruces celtas y demás simbología ultra.

Para paliar la tristeza y la angustia ante tanta anormalidad, uno se acuerda demasiado a menudo de El jovencito Frankenstein y de Abby Normal, y se echa unas risas. De hecho, creo que necesito un ratito con Aigor y el doctor Fronkonstin, a ver si así se me pasa el mal rato.

Juan Carlos Sierra Gómez.
Profesor de Lengua y Literatura en el IES Pésula de Salteras. Su último libro es Ciclotímicos (Editorial Sílex).

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