Pequeña historia de nuestro tiempo acerca de la xenofobia
Digamos que no lo vimos venir y también que quizás por eso nos esté costando tanto trabajo entenderlo. Me refiero al auge de la extrema derecha y su discurso antiinmigración que por desgracia ha invadido la vida política y permeado en amplias capas de la población. Además, ha pasado ya el tiempo suficiente para que aquello que parecía en principio algo brutal e irracional, y que no tendría por qué tener mayor recorrido que el desahogo de los instintos más primarios, mezquinos y xenófobos de una parte de la gente, haya acabado convirtiéndose en una especie de ola invasora e imparable que viene arrasando con todo y que parece incluso haber colocado a la propia izquierda y sus valores a la defensiva en todas partes.
-No lo vimos venir -me repito reivindicando en este asunto como en tantos otros temas sociales la relevancia de la mirada-. Y digamos que hay dos formas de mirar. La de nuestros ojos, desatentos en este caso pues no supieron ver -¿qué mirábamos o cómo mirábamos?-. Y también la otra mirada: la de con los ojos cerrados, o con los ojos de la mente, y que solemos llamar el pensar. Pues eso; que huérfanos de la mirada y del pensar hemos llegado a la playa dispuestos a disfrutar de las vacaciones y como se sabe lo primero en estos casos es siempre llenar la despensa. Así que nos dirigimos al Mercadona de mi pueblo al que ya me he acostumbrado a ir sólo de vez en cuando.
-De vez en cuando es también una forma de mirar-.

Eso me digo pensando a su vez que hay dos formas de acercarse al conocimiento de la realidad desde la propia mirada. La una consiste en mirar esa realidad desde dentro, vivirla implicándose en ella, hacer trabajo de campo, que diría el antropólogo. Y es ésta una mirada que proporciona un conocimiento amplio y exhaustivo al acumular datos y experiencias. La otra es mirarla como hago ahora, sólo de vez en cuando o casi desde fuera. Entonces el conocimiento, digámoslo así, no llega desde la acumulación, sino desde la sorpresa.
Es lo que ocurre cuando llegamos al Mercadona y a nuestra mirada por desacostumbrada, lo primero que le sorprende es la aglomeración de grupos de inmigrantes -¡tantos!- en la zona cercana a la entrada del supermercado; …
…sentados y casi amontonados en las aceras y en el parking charlando entre ellos o esperando un no sabemos qué, pero que se intuye: Es sábado por la tarde y ese espacio parece haberse convertido en su lugar de encuentro.Buscar lugares de encuentro es una forma de construir el “nosotros” y también un derecho y una necesidad; más aún si vives lejos de tu tierra o de tu familia. Pero los lugares de encuentro derivan en todas partes en formas de uso y apropiación de los espacios; y de eso se quejan los propios vecinos comentando que otros de sus lugares de encuentro son también los bancos de plazas y parques públicos. De lo común a lo propio se podría titular esta deriva de cambio social en la que los vecinos poco a poco han acabado cediendo el uso de los lugares públicos y refugiándose en el ámbito privado de sus parcelas y casitas en el campo como lugar de reunión, mientras los inmigrantes se han apropiado y convertido lo público en espacio también para sus reuniones.
La ecuación es muy simple en apariencia, pero ese binomio de ceder lo público y refugiarse en lo privado tiene para los vecinos un trasfondo de velada sensación de derrota, de orgullo herido de perdedores -ya sabemos que lo que no perdona esta sociedad es precisamente eso de ser un perdedor-. Y es una sensación que se expresa y se construye con palabras como esas de pérdida, refugio, recelo, queja o miedo. Es el primer nivel de la nebulosa de un mapa de palabras que empieza así con la población interiorizando estas sensaciones chocantes y de rechazo, que después de forma gradual acaban agravándose en autopercepción de inseguridad, de invasión o de derrota. También la queja de que el pueblo “ya no es lo que era”, el inefable recurso al pasado como paraíso perdido siempre dispuesto a usarse como agarradera. Digamos que es lo que vemos desde la sorpresa, aunque para los vecinos no es sorpresa, es su día a día; y es también el peligroso cóctel de un terreno abonado para la provocación y confrontación a la espera de una mecha incendiaria como ha ocurrido en otros lugares.
Quizás todo se entienda mejor si seguimos nuestros propios pasos. Porque ha sido entrar en el supermercado y vernos rodeados por tantos inmigrantes ocupando con su propio desorden los espacios y pasillos atascándolos, para empezar a sentir esa especie de incomodidad que parece llevarnos en volandas a sentirnos identificados con el discurso de rechazo que va ganando terreno entre la población. Y son mayoría… Dicen los vecinos que han dejado de frecuentar el supermercado por la tarde. Nosotros sólo vamos ya por la mañana que es cuando ellos están trabajando en los campos; y siempre evitamos ir los sábados, por supuesto. A veces ocurre que la profunda división social se construye así, con cosas simples y cotidianas; la separación de espacios y horarios, por ejemplo.
Y digamos también que Incomodidad es aquí la palabra clave y realmente provocadora.
Y digamos también que Incomodidad es aquí la palabra clave y realmente provocadora. Porque incomodidad es lo que he sentido mientras hago la compra en el supermercado y que me hace descubrir una sensación extraña e imprevista. Me incomoda ésta mi propia incomodidad. A cuento de qué este rechazo al diferente que parece haberse colado sin esperarlo y en contra de los valores en los que creo creer. ¡Vaya tela! me digo comprobando que la incomodidad sigue ahí a pesar de todo como si se tratara de una sensación totalizadora que te invade por completo, de manera que ya todo lo miras con las gafas de la incomodidad y no puedes quitártelas por mucho que lo intentes,
porque además de totalizadora, la incomodidad es de algún modo también totalitaria se apropia de tu voluntad y no te permite escapar a ella, es decir, pensar o recordar…
PENSAR.- Es verdad; nos incomodan porque son otros y son extraños; aunque extraños podemos ser todos en cualquier parte. Ya lo dijo Pascal: Todos los problemas del hombre provienen de no saber estarse quieto en un mismo lugar. Unas palabras que sin conocerlas los propios vecinos aplaudirían con entusiasmo como dándole la razón al filósofo. Pero ocurre que emigrar es una necesidad y la búsqueda de un mejor lugar para vivir forma parte de la propia condición humana. Por eso, quizás más que por extraños, lo que más nos incomoda es que sobre todo son pobres. Es verdad, ellos son pobres y nosotros hemos olvidado que lo fuimos; y tampoco sabemos qué nos traerá el futuro.
RECORDAR.- Por razones de edad pertenezco a una generación que le tocó conocer, si no la pobreza, sí al menos la escasez. Cada vez que recuerdo el poema de Miguel Hernández Mis abarcas desiertas, me reconozco en el verso que dice nunca tuve zapatos pues como muchos niños de mi edad solo tenía unas chanclas de goma “todo uso” que servían tanto para veranos como para inviernos a pesar del frío. Ellas me recuerdan más que nada que mi conciencia de clase nació ahí; y que su recuerdo más perdurable era la delicia de meterme con ellas en todos los charcos, quizás iniciando así sin saberlo una vocación de futuro… Pues eso; que la incomodidad es una sensación de ahora que somos ricos y los pobres son otros. Cuando éramos pobres, acostumbrados a ella, casi no la percibíamos. Y ahora, alejados de la pobreza y del recuerdo de la pobreza, somos xenófobos sin saberlo a través de esa incomodidad.
Es verdad; hablamos de lo que pensamos y recordamos desde nuestra mirada y también podemos hablar de las formas de mirar. Así que digamos que hay una mirada que observa la realidad como si se tratara de una foto fija donde todo tiende a definirse en términos de equilibrio. Así se piensa que qué fácil, qué bueno y qué bien: El campo necesita mano de obra y la inmigración se la proporciona, pues estupendo y todos contentos -Bueno, en verdad, unos más que otros-. Pero ocurre que la realidad no es esa foto fija, la realidad se mueve –y sin embargo se mueve que diría aquel-. Es lo que ocurre ahora, que hemos llegado al bar acostumbrado del verano anterior y ha cambiado de dueño. Ahora lo lleva una familia ¿rumana? que lo ha tenido claro: mejor trabajar para uno mismo que trabajar para otros. Una idea magnífica para la familia sin duda, pero que provoca un argumento añadido al descontento general en términos socioeconómicos. No sólo resta mano de obra siempre barata e imprescindible, sino que a la vez introduce un nuevo competidor que no es de los nuestros en el siempre frágil equilibrio del trabajo autónomo. Lo mismo ocurre con el pequeño comercio y también y es más preocupante todavía en el ámbito de los oficios. Es en todos esos pequeños campos donde se produce lo que se ha dado en llamar choque cultural o batalla cultural que lo resume todo y esa batalla la van ganando los inmigrantes por su mayor dinamismo. Lo que añade un plus a la autopercepción de pérdida y de derrota entre los vecinos.
A todo ello, añadamos que ocurre que la mirada al igual que las palabras nunca son inocentes. De modo que esa batalla cultural se está produciendo ahí delante de nuestros ojos y la tentación de simplificar siempre es un elevado riesgo. Así que si hubiera que elegir una palabra a la que agarrarnos para no sentirnos a la deriva, podríamos elegir simplemente -qué paradoja!- la palabra complejidad. Aunque sólo sea para desmarcarnos de esa tentación simplificadora que plantea el discurso de la extrema derecha.
Y ahí, entre complejidad y simplificación es dónde entendemos que de verdad se está produciendo también la guerra cultural.
Pues eso, que la mirada y el pensar nos proporcionan los datos del problema y la relevancia de esa complejidad. Y ahí, entre complejidad y simplificación es dónde entendemos que de verdad se está produciendo también la guerra cultural. Y es una guerra profundamente ideológica donde las armas están muy claras: la apuesta por la simplificación tiene el apoyo claramente del mundo del dinero, la apuesta por abordar y asumir la complejidad sólo tiene el recurso tan nuestro de la educación y el conocimiento. -Difícil batalla-, nos decimos, porque la simplificación juega a favor por su inmediatez y el corto plazo; la educación ya lo sabemos necesita de procesos más largos y lentos, pues ha de abordar la complejidad y no puede rehuirla.
Así del aprendizaje de la complejidad nos viene eso tan simple de ponernos en el lugar del otro, del inmigrante y sus necesidades; también en el lugar de los propios vecinos y el riesgo de llamarlos xenófobos a la ligera. Cuidemos las palabras y cuidado con esa dictadura de las palabras cuando las convertimos en armas arrojadizas en la lucha política. Un arma arrojadiza siempre provoca como respuesta actitudes a la defensiva y ya es un sin parar.
Es verdad que el tema es profundamente complejo y siempre está ahí el riesgo y la tentación de simplificar. -Simplificación y comodidad- me digo incapaz de disociar ambas palabras y de no poder quitarme de la cabeza la comodidad/incomodidad. Un binomio tan de nuestros días y de la cultura que se impone. Acostumbrados a la comodidad, a las actitudes cómodas, obviamos el pensar y el sentir. “Para qué pensar si ya nos lo dan pensado” que diría nuestro gran Luis Landero. Y son las palabras que proclaman el signo de la derrota de la cultura y por extensión de la educación y sus valores. Unos valores a rescatar y defender desde la memoria -También fuimos pobres y tuvimos que emigrar a Alemania- y desde los recursos de la propia educación: sobre todo la palabra. La palabra que está en las lecturas, los cómics, las historias y los relatos: nuestras historias y nuestros relatos, por ejemplo.
Lectura complementaria: Mirando a Ceuta desde Andalucía. Frente a la deshumanización, “descender «a tierra»”.Alicia Reigada, Grupo de Investigación GEISA, Dpto. de Antropología Social (Universidad de Sevilla)