LA LUZ DESPIERTA EN PALABRA DE MAESTRO*

* Como sabemos,La luz despierta” fue una de las páginas cabeceras de nuestra revista mensual REDESDICE, ya desaparecida al ser sustituida por la publicación directa de artículos y escritos en nuestra propia página web. Al mismo tiempo, “Palabra de Maestro” fue desde sus comienzos una de las secciones habltuales de nuestro programa de radio que iba también en la misma dirección: la de reflexionar sobre el mundo de la educación. Pero que al tratarse de la radio esa reflexión no podía tener la extensión que hubiera necesitado. De alguna manera La luz despierta en Palabra de Maestro viene como a resolver esta cuestión al liberar y no someter la reflexión al escaso tiempo de la oralidad de la radio, proporcionándole un espacio mayor de expresión a través de la escritura; y siempre con aquel espíritu iniciático del verso del poeta Aitor Francos que está en su título: “Y sin embargo quién mantendrá la luz despierta.”… 

SOBRE LO EXTERNO Y LO INTERNO EN EL APRENDIZAJE

Al amigo Pra que desde su saber escuchar, me inspiró este texto.

Digamos que hay en general dos claras maneras de abordar qué es o en qué consiste el aprendizaje. Por un lado podemos entenderlo como algo externo, como algo que le viene al alumno desde fuera. Se trata, ya lo sabemos, de todo aquello que tiene que ver con conocimientos, herramientas o recursos que la escuela va proporcionándole a través de actividades muy concretas y también muy reconocibles porque están ahí en los libros de texto, las fichas, internet o en la propia explicación del maestro. Llamemos a todo ese espacio que es muy amplio y extenso y a la vez muy habitual y repetido en nuestras aulas: aprendizajes de construcción externa.

Y hay también otra manera de entenderlo que consiste en justo lo contrario, en entender que el aprendizaje no ha de venir de fuera del propio alumno porque ya está dentro, en su interior;  en forma de recuerdos, vivencias, intuiciones y experiencias previas que en muchos casos son anteriores a la escuela o fuera de ella. Y aquí la labor del maestro quizás no adquiera tanto protagonismo ni sea tan llamativa, aunque eso no tiene por qué restar nada a su importancia, porque esa labor va a consistir nada menos que en “despertar” esos aprendizajes de manera que sea el propio alumno quien los vaya descubriendo por sí mismo. Llamemos también a todo esto  que no es tan amplio ni está tan extendido, y que es a la vez tan sutil como profundo, el espacio de los aprendizajes de construcción interna

Digamos que esta dicotomía entre lo externo y lo interno en el aprendizaje, es muy antigua; existió desde siempre como formando parte de nuestras reflexiones y alimentando interesantes debates al respecto, hasta llevarlos al territorio de la realidad de nuestras aulas sopesando ventajas e inconvenientes de cada uno de ellos, que es quizás la mejor manera de entender eso que llamamos “la construcción del oficio”… 

Y digamos también, que he recordado todo esto de lo externo y lo interno en el aprendizaje al leer estas palabras de mi admirado Luis Landero en una entrevista: “No necesitas pensar porque ya te lo han pensado. Se consumen ideas, se consumen opiniones, se consumen criterios, se consume todo esto, pero no lo elabora uno. No se elabora porque para eso, para elaborar tus propios pensamientos, para vivir la vida de primera mano y ver las cosas con tus ojos y pensar las cosas con tu inteligencia, para eso hace falta tiempo, hace falta lentitud, hace falta concentración. No necesitas pensar porque ya te lo dan pensado. Hacemos, como en un supermercado, la compra diaria de opiniones”…

El escritor Luis Landero

No es la primera vez que me pasa esto de que las grandes lecciones sobre nuestro trabajo no las encuentro tanto en los manuales o revistas pedagógicas, como en los textos de mis autores y poetas preferidos. “Lo externo y lo interno”, me repito pensando en las palabras de nuestro autor. Y en cómo la variable tiempo está ahí, en el aprendizaje de la vida: hace falta tiempo, hace falta lentitud, hace falta concentración…  También en los aprendizajes en nuestras aulas.

Así que pongámonos en la piel del enseñante que tiene que afrontar estas cosas y elegir en cada momento y en cada circunstancia de su día a día, entre aprendizajes externos que suelen ser, ya lo sabemos, claros, concretos, rápidos y aparentemente eficaces; frente a los aprendizajes de construcción interna, que son -también lo sabemos-, más difusos y más lentos; y cuya eficacia no llega inmediatamente, porque necesita madurar en la mente del niño como con el tempo de la fruta o la semilla. ¿Qué contenidos elegir? nos preguntamos con él. Una pregunta que no ha de hacerse desde la neutralidad de los espacios de pensamiento en abstracto, sino en y desde la realidad de un contexto como el actual.

Es verdad, vivimos tiempos marcados por la prisa y la exigencia constante, donde se valora sobre todo la productividad, la eficiencia y los resultados inmediatos; una cultura de la inmediatez que ha transformado nuestra propia percepción del tiempo y calado en nuestras formas del vivir. También en las formas del vivir el tiempo en la propia escuela. Hablamos del tiempo del maestro, pero sobre todo, no lo olvidemos, del tiempo de nuestros alumnos, que es el propio tiempo irrepetible de la infancia. Ese tiempo donde como dicen las palabras de Luis Landero se ha de vivir la vida de primera mano y ver las cosas con tus ojos y pensar las cosas con tu inteligencia…

¿Qué contenidos elegir? nos seguimos preguntando acompañando al propio enseñante que por un lado sabe que debe cuidar el equilibrio entre ambos tipos de aprendizaje, porque cree que ambos son necesarios; pero que a la vez siente esa presión externa de las prisas, tan consustancial a las formas de vida actuales. Y también la presión de la “mala conciencia” -¿a ver por qué?- del “no se puede perder el tiempo” o del tiempo no está para perderlo”, cuando se plantea actividades relacionadas con los aprendizajes de construcción interna que necesitan precisamente eso: tiempo, lentitud y concentración. Una mala conciencia instalada en las neuronas del activismo capitalista que ha invadido el propio espacio educativo. Y una mala conciencia claramente vencedora como cómplice de la situación, pero que quizás -¿por qué no?- choque también claramente con la propia percepción íntima del enseñante, esa autoconciencia donde es capaz de reconocer que incluso muchas de las mejores experiencias didácticas donde él se ha sentido protagonista ocurrieron cuando precisamente se salió del guión establecido y se vio seducido por actividades que en principio tenían esa consideración de pérdida de tiempo y que a la postre resultaron ser magníficas y gratificantes…

Y digamos también que esta tesitura de nuestro enseñante es del mismo tipo que la que se plantea socialmente en términos de batalla cultural entre información (lo externo) frente a pensamiento (lo interno). Una batalla cultural que está a la orden del día y que no es ajena a las luchas por el poder. Una vez más estamos ante la necesaria pregunta de Alicia ante el espejo: “¿Quién manda aquí? Dueño de la información, el poder sabe cómo usarla para manipular las mentes. Quizás no tanto de la forma burda (que también) de hacer que la gente piense lo que ellos quieren que piensen, sino sobre todo de una forma más sutil que consiste en adueñarse del tiempo, del tiempo de todos, saturándolo con información, de manera que no quede tiempo para otras cosas, sobre todo para pensar… Lo que importa es aprender a pensar; nos recuerda Machado en su elogio a Don Francisco Giner de los Ríos

Pues eso, que esta batalla cultural está servida, podríamos decir, y que hay signos muy claros de que es bastante probable que la estemos perdiendo; y además de forma invisibilizada que es como suelen ocurrir las derrotas más grandes y profundas, y quizás también por ello, las más tristes… 

Quizás todo eso es verdad, aunque también es verdad que cada batalla tiene su épica y en esa èpica quizá no esté dicha su última palabra: “Pensar como acto de rebeldía”, nos decimos, pensando también que esta invitación a pensar ¿por qué no? es como un acto anticonsumista en la propia sociedad de consumo. Porque pensar no cuesta nada, -quiero decir dinero-; porque no ocupa espacio -el saber no ocupa lugar-; y porque puede provocar -pensar es siempre también provocador- grandes satisfacciones; entre ellas el encontrarnos con nosotros mismos a través de las palabras; unas palabras como éstas: No necesitas pensar porque ya te lo dan pensado… 

Unas palabras que no sólo nos explican mejor que nada qué significa lo externo y lo interno en el aprendizaje, sino que son también las palabras sabias que desde la Literatura parecieran revolucionarias y venir como a reclamar nuestra rebeldía alertando y aconsejando a los maestros que no nos dejemos embaucar por las prisas y su mundo, ese proyecto cartesiano del que todavía sólo nos atrevemos a entrever, como hace Luis Landero, sus funestas consecuencias.

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