EL JINETE INAGOTABLE

            Tuve el acierto de asistir, no hace mucho, al último debate de REDES sobre la maravillosa obra de Carlos Arenas (El Estado pesebre) y el error de no expresar con claridad mis desharrapadas reflexiones. Pero no arrastro aquí mis palabras como palinodia.

            Entonces tuve la ocasión, también maravillosa, de encontrarme con Manolo Acosta (Esteban), jinete inagotable de todas las grecicidades del mundo que me vienen a la cabeza. Nos regaló la que entiendo que es de momento su última obra, El jinete usurpador (Ediciones Clásicas, Madrid, 2024), un recorrido muy descriptivo sobre cómo ocurrieron y fueron interpretadas las epidemias y pandemias de la humanidad desde la de Homero hasta el siglo XIX, con mucho mayor detalle a aquello que sabía de alguna manera a griego y quizás romano. No vengo a hacer aquí la crítica de la obra (que se lee sin alboroto de principio a fin, sabiendo cosas sabidas y aprendiendo aquello más ignoto), dados mis recientes traspiés expresivos.

Libro El Jinete usurpador de Manolo Acosta Esteban.

Traigo aquí a Manolo Acosta. Nunca fue mi profesor y nos conocimos muy tarde, ya en la aventura de las versiones clásicas de teatro grecolatino para Itálica y otros lares similares. Pero fue el adorado primer profesor de Griego de mi esposa Encarna Yáñez, a quien inoculó un veneno que aún destila hoy como uno de esos Macallan que no podemos pagar. Fui a una de sus conferencias en un curso de bizantinística —que no le tocaba impartir a él, pero que, a modo de excusa, inició diciendo que él era un enamorado de todo lo griego, desde Homero hasta al entonces presidente Papandréu (ya podrán ustedes suponer las décadas que le han caído a la cita, a él mismo y a los presentes en aquel momento de la calle Betis).

            Pues al verlo, alto y pizpireto, en ese acto de hace un par de semanas, me preguntaba, como he hecho tantas veces a lo largo de mi vida, sobre cuáles son las características que definen a un buen profesor y llegué a las siguientes conclusiones, breves, inseguras y sin afán de consensus omnium:

  1. Saber y sabor. El profesor Acosta transmitía, por lo que sé, a sus alumnos seguridad en el conocimiento. Él sabía (¡No te jodas, es el profe!), pero no solo los restos que dejaba la pobre digamma cuando desaparecía del sistema fonológico (que también), sino cualquier nombre, hecho, ente, cuerpo o elemento de la actualidad cotidiana o del biotopo envolvente que tuviera la más remota relación con el mundo de los griegos: dioses y mitos, prefijos y sufijos, hombres y mujeres, ortografías y disgrafías, héroes y mezquinos, dramatizaciones, películas y novelas… El presente libro que ustedes pueden leer es como estar en sus clases, quiero imaginar. Y para eso la pobre digamma ya no estaba. ¡Ah! Y sin libro de textos…
  2. Efusión y ponderación. Todo era posible, pero se ponía al alcance de todos. Enc me cuenta que un día llega a clase en su primer año de Griego y les trae un fragmento de la Ilíada y les dice que es un poco dificultoso pero que piensa que entre todos pueden comprenderlo. ¡Y adelante con los cañones, Kolokotronis! Todos a trabajar, todos a descubrir, algunos a acordarse de los ancestros Acosta con mayor o menor gracia. Pero Manolo sí sabía cuál era el nivel y qué tenía que pedir, aunque el tósigo iba entrando en algunos poco a poco. Unos siguieron el camino e incluso estudiaron qué le pasó a la desgraciada digamma. Otros muchos, no, pero no creo que estén dolidos los de aquella época. De todas formas, de todo hay en la viña del kyrios, seguro, y los que hemos sido profes sabemos que no podemos decir que si alguien no ha estado de acuerdo con nuestra forma de actuar, que tire la primera piedra, porque seguro que salimos magullados.
  3. Ser y estar. Los de Manolo Acosta del que tengo referencias, de cuando la gente del curso de Enc quería entrar en la veintena y en la Universidad, pero aún no era el momento, eran tiempos difíciles en los institutos: huelgas de alumnos y penenes, movilización política a tope, asambleas interminables, papis muy preocupados en casa porque ellos nunca habían tenido la oportunidad de estudios más o menos superiores y es lo único que te podían ofrecer, ojeadas al espejo donde siempre salías tan feo y/o ridículo (a menudo, ambos) como en las fotos de la familia, la profe de Mates que hablaba en checo (seguro que con enrevesadas digammas), la música de tus amigos que te gustaba porque a ellos les gustaba (al menos,  al principio)… Y Manolo Acosta Esteban siempre estaba, como fruto de su tiempo, como apoyo en un despacho de dirección que hoy cerrarían huraños inspectores. No sé qué pensará ahora de todo lo que ocurre (creo que solo hablé con él una vez de política y tuvimos un desacuerdo; ah, tampoco aprobaba mis puntos y coma [;], algo de lo que le estoy muy agradecido, porque me lo estudié a fondo) y me importa una higa, porque en su momento estuvo para todos y fue de su tiempo y en su tiempo un gran todo.

Y pensando tal, creía haber encontrado las tres claves de un buen profesor. Y me doy cuenta ahora de que falta la más importante, la de ser jinete inagotable. Y en los tiempos que corren muchos cabalgan de vuelta sin haber, ni tan siquiera, haber ido a ningún sitio.

NB.: Nunca escribo en Calibri 12, pero en esta ocasión me salió del cerebro testicular.

3 comentarios en “EL JINETE INAGOTABLE”

  1. Muchísimas gracias por tu encendido elogio a mi modesta persona, tanto más valioso por venir de quien viene: un excelente traductor (solo te comenté que a mi juicio abusabas de los puntos suspensivos, no del punto y coma), un magnífico profesor y una cabal y coherente persona.

  2. Muy a menudo me he ido preguntando a lo largo de mi vida si hacíamos lo que teníamos que hacer en nuestra profesión, sobre todo ahora que algunos chavales (no, la mayoría) reaccionan contra la cultura y la la forma de vivir en la que se han desarrollado, basadas en el respeto, a las formas de ser de cada cual, en la democracia y en los retazos de libertad que vamos arrancando a una situación que siempre ha parecido inmóvil e incólume a los meros espectadores. A los otros, a los cantores de las glorias autoritarias, se les debieron atragantar las digammas, que excretaron como digammadas en sus entornos.

  3. ¡Cuánta falta hacen textos de profesores con sólida teoría y brillante práctica (como es el caso tanto de Pedro Jiménez como, deduzco, de Manuel Acosta) que se atrevan a poner negro sobre blanco en qué consiste ser un buen docente! Se esté mas o menos de acuerdo con ellos, inician un debate necesario que hace mucha falta en el oficio.

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