La niña que está en la bamba
tiene los ojitos negros
y el mocito que la mece
se está muriendo por ellos.
Camino del cine y como si se tratara de una película, de vez cuando la recuerdo; y en el recuerdo ella sigue siendo pelirroja, atrevida y descarada como entonces; cuando entonces eran aquellos años de la preadolescencia en los que se empieza a dejar de ser niño para empezar a ser como eran ya nuestros hermanos, primos o vecinos, es decir, mayores. O lo que es lo mismo, los años de empezar a fijarnos en las niñas y de buscar el contacto con ellas a través de la ley del deseo, intentando superar así lo que la ausencia de la coeducación en nuestras escuelas nos dejaba como asignatura pendiente, aunque no sé si es correcto llamar al sexo como asignatura pendiente, o simplemente como algo que teníamos que aprender por cuenta propia y que al final lo aprendimos, digamos, que más bien regular…
También en el recuerdo ese acercamiento a las niñas estaba asociado de forma clara y pertinente a la llegada de la primavera, el alargarse de los días, los primeros desnudos en brazos y piernas que multiplicaban el despertar de los sentidos y sobre todo las excursiones al campo que propiciaban los primeros encuentros y enamoramientos. No sabría explicar el por qué aquella moral social tan represiva y timorata de entonces, se volvía tan permisiva en lo que se refería a todo lo que pasaba en aquellas excursiones, si no fuera por eso del mandato irremediable de la naturaleza. Quizás sólo era simplemente algo así como que el campo estaba precioso y la belleza de la primavera llevaba asociada como compañera de viaje la invitación al deseo. Pues eso, que la conspiración entre naturaleza y belleza digamos que generaba en forma de costumbre aquella puerta abierta al “desbordamiento y al desenfreno”, que se decía.
Y es que casi sin apenas saber cómo, siempre había una familia -las madres de las niñas, siempre como primeras cómplices- dispuesta a ceder su casa del campo para reunirse sus hijas con las amigas a pasar el día para sus cosas. Eran para sus cosas y son cosas de la edad, se decían riéndose ellas mismas y quizás también como queriendo ver en sus hijas la venganza contra la ancestral represión sexual instalada en el subconciente, pero que se rebelaba a través de la piel sobre todo al llegar la primavera. Pues eso, que como cosas de la edad evidentemente allá que íbamos también los chavales detrás de ellas, como perros falderos, o perros en celo, como quieran…
Recuerdo que en aquella casa que ya sólo se usaba de recreo y para este tipo de cosas, había un gran alcornoque, reducto seguramente de cuando se hacía vida en el campo y las casas solían tener cerca un gran árbol con sombra permanente para refugio de las bestias o para el redil de las ovejas. Y en aquel alcornoque había también un columpio, como testimonio incuestionable de una tradición que parecía decirnos que en esa casa hubo una vez niños y también para representar el vestigio de uno de los ancestrales juegos y cantos del patrimonio de la cultura rural que continuaba ahí en aquel columpio, como testimonio de que las tradiciones no se erradican tan fácilmente y algo de ellas pervivía a pesar del tiempo transcurrido.
Una tradición, la del columpio, que está también en el propio cante flamenco, quizás para recordarnos las fuentes de donde venimos. Se llaman así cantes de columpio o cantes por bambera; y La Bambera es el nombre de la peña flamenca a la que pertenezco. Una extraordinaria e interesantísima iniciativa de un grupo de amigos que lleva todavía poco tiempo, pero que como a todo lo que nace desde el entusiasmo, le deseamos que ojalá ocurra que el propio entusiasmo continúe cumpliendo su función original de vocación de futuro y perviva durante años.
Debo decir que para nada me considero un entendido del cante flamenco, ni siquiera al nivel mínimo de aficionado; pero me gusta ir a la peña, sentirme como un poco parte de ella, de la misma forma que ella también forma parte de mí, en una relación simbiótica alrededor de la palabra alma. Digamos que si la poesía es el alma de todas las cosas, estoy convencido de que el cante también. Será por eso que hay veces y voces que le llaman el arte grande y lo reivindican con sólo abrir la boca y sin nombrarlo siquiera. Pues eso, que alma es la palabra que sostiene todo lo que significa para mí La Bambera.
La niña que está en la bamba
cuando la miro a la cara
la lengüita se me enreda
y el corazón se me para.
Por supuesto que el columpio era el epicentro de aquellas excursiones con sus juegos que eran también sobre todo de los primeros contactos, del atrevernos a hablar a las chicas, del superar ese enredársenos la lengua; y también lo eran de los primeros escarceos y atrevimientos: ¿Te empujo?.. Vale, empújame, pero despacito!… ¡No tan fuerte!… ¡Por ahí no, sinvergüenza, que te veo las intenciones!…
Es verdad, nuestras intenciones estaban claras y se veían. También ellas, supongo, tendrían sus intenciones, aunque por supuesto con ese cierto sentido del recato femenino que las frenaba hasta quedar siempre en la frontera entre enigma y posibilidad, ese impasse que por falta de claridad y definición provocaba en nosotros un mayor aumento del irrefrenable deseo.
Yo la deseaba. Por eso, porque era pelirroja, atrevida y descarada, repito, y porque era también habladora y dicharachera y eso quería decir para nosotros simplemente, simpática. Era simpática porque su madre también lo era, muy graciosa, jaleosa y casi siempre el centro de las reuniones allí en el barrio. La llamábamos la sevillana, aunque ella siempre corregía reivindicándose con orgullo: sevillana no, trianera. Pues eso, que ella además de pelirroja, atrevida y descarada era también simpática; como si esa palabra lo envolviera todo significando simplemente su manera de cómo se nos ofrecía así abiertamente, sin dobleces, como venganza que quisiera poner en ridículo la pacatería de los comportamientos acostumbrados.
En fin, que lo que quiero contar -porque algo habrá que contar- es eso: que balanceándose y poniéndose de pie en el columpio, nuestra pelirroja era la más simpática, atrevida y provocadora de todas.
“La niña que está en la bamba
Tiene las medias azules
Mas pa’ arriba se le ve
Sábado, domingo y lunes”
Y era que al revuelo de su falda, con el aire por aliado ejerciendo su papel de cómplice, eso es lo que ocurría, que la propia falda se le levantaba y las amigas no paraban de gritarle y reír: ¡Cuidado, que se te ven las bragas! a lo que ella impúdica y digna respondía inmediatamente simulando recoger los pliegues de la falda entre sus piernas, pero eso era sólo al comienzo y sólo un momento. Ya se sabe que los juegos si se acompañan de las risas son imparables, así que estando en las mismas con esos gritos y risas, nuestra pelirroja empezó a responder a ese “se te ven las bragas” de sus amigas, con un Se ve el telón pero el cine no… La fórmula que indudablemente y a modo de sortilegio lo resolvía todo …
Se ve el telón pero el cine no -me repito y sonrío, mientras muchas cosas e imágenes pasan por mi cabeza al recordarlo; y mientras pienso también de camino que las palabras son parte de nosotros, que formamos parte de ellas; que de alguna manera somos porque las palabras nos dicen, nos cuentan…
No volví a verla. La vida te juega casi sin querer ese tipo de malas pasadas; pero no recuerdo el daño. O quizás es simplemente que la corta edad hacía también más corto el tamaño del daño. Lo cierto fue que después del verano a su padre que era trabajador de RENFE lo trasladaron y fue así como regresaron a su Sevilla natal para que ella pasara a convertirse poco a poco en ya sólo el recuerdo de su descaro y su atrevimiento que lo eran también en el pelirrojo de su pelo. Y digamos que esa es la imagen fija que se me ha ido quedando a través de los años para acabar recordándola así: pelirroja, atrevida, descarada, simpática y abierta; junto a la memoria del color fetiche en el blanco de una frase: Se ve el telón pero el cine no. Unas palabras que la señalan a ella también con el mérito de ser casi con seguridad la responsable de mi afición y admiración por el cine al que me dirijo ahora, quizás como queriendo encontrarla tras el telón de fondo en tantos y tantos personajes femeninos que de vez en cuando creo vislumbrar que se le parecen.
Sevilla diciembre de 2025
