La educación dispéptica

Dicen, grosso modo, los diccionarios médicos de la dispepsia que es un trastorno estomacal producido  por las malas digestiones, debidas estas por lo común a comer viandas inadecuadas o ingerir más de la cuenta y de hacerlo de forma atolondrada; de ahí que también se conozca como digestión difícil. Entre otras recomendaciones, los facultativos aconsejan relajarse, tomarse un descanso después de comer, masticar despacio, no tragarse la comida inmediatamente después de introducirla en la boca…vamos, sentarse a la mesa con calma, esa cosa antigua desterrada de nuestro diario por la urgencia, por la velocidad; la pérdida de la lentitud, eso que Milan Kundera reivindicara en su novela homónima en la que escribió “el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.”

“el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.”

Milan Kundera

Pues bien, si cambiamos la palabra dispepsia por el término educación, tanto el diagnóstico como las recomendaciones se podrían ajustar como un guante a nuestra situación en los últimos tiempos.

La educación es un alimento de aliento largo, dar con la fórmula perfecta, como dar con cualquier cosa perfecta,  quizás resulte  imposible o al menos improbable; pero si existe un camino ese es el de la lentitud, el de masticar despacio, sin atolondramientos, sentarnos en el pupitre con calma, que es justo lo contrario de lo que se lleva haciendo en nuestro país desde los años noventa, desde  aquella saña renovadora –quiero suponer que sin duda bienintencionada- que nos inundó y en la que seguimos como en un barco a la deriva.

Llevaba ya años trabajando como  como profesor de Lengua y Literatura en Bachillerato cuando me alcanzó la ola de las urgencias de cambios. Lo primero que percibí tras recibir aquella especie  de cursillos de cristiandad a que nos sometieron, y para simplificar,  fue el desprestigio de la lentitud, de la rigurosidad, la banalización de las materias clásicas, y básicas,  en aras de una enseñanza que aspiraba a ser novedosa, divertida, ocurrente, creativa… convertir la vida de  los centros en una especie de comedia musical americana que nunca pude entender en qué consistía ni como se podría afrontar sin que tarde o temprano nos fuéramos a pique.

Cada cambio de gobierno ha ido planteando su cambio de educación, como si la cosa fuera como un huevo que se echa a freír que dicen en mi pueblo, y con cada cambio de gobierno el sistema se ha ido encharcando más hasta el punto que es difícil saber, poniéndonos trascendentes, quiénes somos, a dónde vamos y  ni siquiera ya de dónde venimos.

Este frenesí de cambios nos ha estado obligando a tragarnos la comida recién metida en la boca, sin masticar, con atolondramiento, de ahí la difícil digestión, la dispepsia que amenaza con hacerse crónica en nuestras aulas si alguien no lo remedia, si alguien no consigue que paremos el carro y, con tranquilidad, le engrasemos siquiera los ejes para que dejen al menos de chirriar.

Juan Villa, profesor de Lengua y Literatura y escritor. Su último libro es “Voces de la Vera” en editorial Comba.

Una respuesta a “La educación dispéptica”

  1. Totalmente de acuerdo. No solo las urgencias, sino también la falta de rigor, la banalización del conocimiento, la pérdida del reconocimiento al esfuerzo personal, la falta de respeto a lo profesores por parte de padres y alumnos, y el todo vale con tal de tener buenas estadísticas. Qué al final ni siquiera eso consiguen. También la politización de la enseñanza, y, puedo ser mal pensada, pero yo ya creo que no todo es casual, que mientras peor formados, menos críticos y más fácilmente manipulables somos. Y quizás eso explica muchas de las cosas que pasan.

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