JUSTICIA LEGAL, JUSTICIA POPULAR Y JUSTICIA POÉTICA

I.- JUSTICIA Y VERDAD

Ocurre que, de siempre, sobre el poder judicial apenas sabíamos. Hasta ahora -añado-, cuando por mor del protagonismo que está tomando hoy en día, empezamos a saber. Una torpeza por su parte pues calladitos hubieran estado mejor para sus intereses -me digo-. Porque una vez que hemos empezado y se ha abierto la espita del problema, se ha destapado también el vendaval de un tema que a saber dónde nos conducirá. 

Y es que de ese ecosistema llamado poder judicial apenas nada sabíamos, como he dicho. Ni quiénes en concreto lo formaban, ni de cómo habían llegado hasta allí. Sí se hablaba de que se llegaba tras unas oposiciones dificilísimas, en las que te tenías que llevar años y años empollando una serie de temas que llegado el momento recitabas de memoria ante un tribunal, casi como si de un catecismo se tratara. De eso, del examen, sí se hablaba y que era muy duro y costaba mucho tiempo y esfuerzo; de lo que no se hablaba tanto era de su preparación, que ahora sabemos se hacía precisamente a través de las clases con un juez -o un fiscal- “preparador”. Y por supuesto, nada sabíamos de cómo se pagaban esas clases y nunca se nos ocurrió -qué torpes- que esas clases pudieran estarse pagando con dinero negro. ¿Os imagináis un juez, o un fiscal, incumpliendo las leyes?… 

Y tampoco sabíamos de cómo eran o vivían los jueces y fiscales; si eran personas que hacían una vida normal y corriente a pesar de llevar media vida ahí encerrados y enclaustrados, sin apenas vida social; o si vivían en la sombra, como si formaran parte de una secta, una secta que a ver por qué, siempre intuíamos como selecta -qué bien rima con secta- y con poder…

Digo todo esto porque es como si la sentencia del caso del FGE Álvaro García Ortiz, hubiera servido para empezar a hacernos preguntas y desvelar todo ese mundo oculto del que apenas sabíamos nada y que al destaparse, nos ha abierto los ojos y la memoria; y ya -digámoslo así- es todo un sin parar. 

Sobre quienes eran esos magistrados conservadores que le han condenado ya se había publicado lo suficiente como para que casi no nos cogiera de sorpresa el fallo aunque pareciera imposible por cómo había transcurrido el juicio oral -”El pelotón de verdugos/ no osó mirarle la cara./ Todos cerraron los ojos;/  rezaron: ¡ni Dios te salva!-. Como en los versos del poema de Machado “El crimen fue en Granada” referido al asesinato de García Lorca -me digo-.

Pues eso; y también que todo parecía como quedar a la espera de la publicación de la sentencia para así acercarnos a entender las razones que justificarían una decisión tan incomprensible. ¿Qué esperaban quiénes así esperaban?, me pregunto; y la propia redundancia de las palabras nos remite a que esa misma pregunta ya lleva implícita una connotación preocupante sobre el propio significado de justicia. Porque daba a entender como si el lenguaje jurídico pudiera contener vericuetos que buscaran la verdad por caminos insondables, no transitados por el común, sólo por unos jueces exquisitos y virgueros que por arte de birlibirloque encontrarían esa “verdad jurídica” que se nos negaba. Lo que añade otra connotación igualmente preocupante: la de que ese poder mágico consistiera en retorcer la verdad hasta que “cantara” lo que esos jueces querían que dijera.

Tampoco terminábamos de entender algunos posicionamientos tibios (¡Cuidado con la tibieza!, a veces es la forma de huir y negar el camino a la verdad) que provenían del mundo del derecho y que planteaban que el problema debía resolverse con la renuncia del FGE, para así evitar un grave deterioro de la imagen de la propia Institución. La imagen de la propia Institución, me repito pensando en que si la imagen importa más que la verdad, todo es un paripé que decimos por estas tierras. 

Como sabemos el FGE no renunció: “a la verdad no se renuncia, se defiende” -seguramente pensó-. Aunque cabría preguntarnos: ¿Hubiera servido su renuncia para librarse de la condena? Una pregunta que supone un trasfondo inquietante de chantaje o de amenaza: “No es una amenaza, es un dilema moral” que diría el periodista al “No nos amenace” del presidente del Tribunal. Y también una pregunta cuya respuesta pareciera conducirnos a un callejón sin salida: Si es que sí podría librarse, ¿en qué lugar deja al tribunal juzgador? Si es que no, ¿en qué lugar deja a los que proponían que debía renunciar?.

Fueron como sabemos largos días de espera, los suficientes para preguntarnos si no se trataba en realidad de un juicio contra la verdad ¿Puede separarse la búsqueda de justicia de la búsqueda de la verdad? nos preguntamos. Y días también en los que nos sorprendía el discurso chocante y repetido hasta la saciedad sobre el respeto debido a las decisiones judiciales y a los jueces. No se puede atacar al poder judicial porque son un pilar de la democracia, se decía cómo si los otros poderes (legislativo y ejecutivo) no lo fueran. A los jueces no hay que tocarlos… 

Investirse de lo sagrado y para lo sagrado siempre fue y sigue siendo la estrategia para justificar la reproducción del poder y el ejercicio de la dominación.

Las palabras nunca son inocentes, y menos aún cuando lo son por exceso porque simplemente provocan recelo. ¿Por qué y para qué esa invocación a la fe y a lo sagrado en la defensa absoluta del mundo de la justicia y de las leyes? Ya sabemos que el poder se viste -y se reviste- de lo sagrado y para lo sagrado. Así que pongamos que hablo de cetros y coronas, medallas y galones, casullas y mitras, o togas y puñetas, como es el caso. Investirse de lo sagrado y para lo sagrado siempre fue y sigue siendo la estrategia para justificar la reproducción del poder y el ejercicio de la dominación. La justicia legal forma parte de ese poder. Lo dicen sus ropajes y sus formas… Una justicia legal que se caracteriza también por obviar y olvidar el factor humano: Importa más la ley que la persona. Es lo que se echa en falta en la gran mayoría de los textos referidos al caso del FGE. Qué poco se habla de la situación dolorosa en lo personal y familiar o simplemente de la dignidad y el valor del funcionario Álvaro García Ortiz defendiendo la verdad: La verdad no se filtra, se defiende.

II JUSTICIA Y MEMORIA

Libro Bajo las togas de Carlos Castresana.

Bajo las togas: Errores judiciales y otras infamias (Tiempo de Memoria) es el título del libro de Carlos Castresana, uno de los mayores especialistas españoles en Derechos Humanos y Derecho Penal Internacional, y también nuestro fiscal de referencia y nuestro héroe desde que fue el autor de las denuncias que permitieron encarcelar a Pinochet y Videla. Tiempo de memoria, me digo leyendo su entrevista para el diario.es. Preguntado si existe Lawfare en España, su respuesta es muy clara:  Claro que existe. Existe en todas partes. La instrumentalización del proceso penal es una herramienta muy poderosa, ya sea por parte de un partido, un Gobierno o un grupo de presión económico. Negarlo es como negar que el sol sale por la mañana…

El libro recorre, con ejemplos, clamorosos errores judiciales a través de la historia; y podría también recoger este caso que aparece en las páginas del mismo periódico con el título: Una “acusación infundada”: por qué el caso Aznalcóllar es un nuevo fracaso de la jueza Alaya y su “manera de ver las cosas”. Como dice la noticia, en la vista oral los acusados alegaron derechos vulnerados y acusaron a Alaya de extralimitación en sus funciones. A veces nos ocurre que nombramos las palabras y la propia fuerza de la palabra nos hace olvidar sus consecuencias. Decimos lawfare y corremos un tupido velo sobre el dolor que provoca y sobre que ese dolor tiene nombre y apellidos. El dolor está en la voz de Aurora Gomera, Ingeniera de montes y funcionaria del cuerpo superior de la Junta, una de las personas ahora absuelta pero “tras diez años de calvario”. Preguntada sobre el por qué la sentencia dice ahora que no había indicios y de que se había tratado de una acusación infundada, responde: “Esa pregunta se le debería de hacer a la magistrada Mercedes Alaya… Habíamos hecho nuestro trabajo y nos sentaron en un penal… La sentencia pone de manifiesto la mala fe de todas y cada una de las personas responsables de habernos sentado en un banquillo injustamente y de haber mantenido una mentira durante diez años”…  

La jueza Alaya y el lawfare, me digo. Como si no conociéramos el percal… Como si no supiéramos de la jugada de los poderes fácticos de siempre en este país, de convertirla en heroína para su estrategia de acoso y derribo a un gobierno en el famoso caso de los ERE, y otros tantos que están ahí en el propio artículo como instrucciones fallidas: Mercasevilla, Formación, Fitonovo… Y en todos ellos con consecuencias parecidas: La ruina de la vida de decenas de personas, a las que “se ha arrastrado por el fango y la ignominia, machacando su vida y la de sus familiares y amistades”… En aquellos tiempos se decía que el tándem Alaya-Zoido tenía preparada una carpeta con todos estos casos, que después irían apareciendo como denuncias con sus correspondientes escándalos mediáticos, algunos en determinados momentos electorales, como sabemos…

Tiempo de memoria, me repito porque hay injusticias que están ahí muy adentro doliendo y reclamando, precisamente eso: memoria y justicia

Era comunista y buena persona, en él dos cosas inseparables. Y se vio envuelto injustamente -lo sabíamos de sobra- en el caso de los ERE en Andalucía. Un comunista acusado de corrupción, babeaba la prensa de derecha. Hoy, al cabo de los años está enfermo de un alzheimer sobrevenido por el sufrimiento a la espera de una sentencia, que llegará tarde y que sólo por eso será injusta porque el daño ya está hecho. 

Ella era compañera de instituto; una muchacha brillante y socialmente comprometida que también dio el salto a la política y que también se vio involucrada en otro de estos mismos casos de instrucción fallida de la jueza Alaya. Los vecinos cuentan de cómo la esposaron los de la UCO -¿otra vez la UCO?- delante de su familia y así se la llevaron a los calabozos para declarar ante la jueza. Hoy después de años de sufrimiento y también de entereza, no sé si está todavía a la espera de que a toda esta desventura se le ponga fin de una puñetera vez. Y todo, por no hablar del caso del concejal de IU, Rodrigo Torrijos que todos conocemos. Otra “víctima” de Alaya. Otro caso claro y evidente de lawfare, cuando de esa palabra apenas se hablaba.

Tiempo de memoria, me repito una vez más como aquellos castigos escolares de escribir cien veces la misma frase repetida. A fuerza de repetirlo ¿aprenderemos algo? Eso me pregunto, recordando otros tantos casos de clara instrumentalización de la justicia por parte de los poderes político, mediático o económico para acabar con Podemos; el acoso y sufrimiento a la familia Iglesias-Montero, niños incluidos; el uso de la policía patriótica contra el independentismo catalán; o el calvario que sigue sufriendo Mónica Oltra. Un “Suma y sigue” por parte de esos mismos poderes ahora concentrados en su descarado afán por derribar el gobierno de coalición atacando obscenamente a la familia de Pedro Sánchez.

Lawfare, me repito pensando en que por razones de edad y de historia vivo todo esto como un deja vu. Si esos mismos poderes fueron capaces de propiciar la rebelión de una parte del ejército para dar un golpe de estado contra el poder legalmente constituido y provocar una guerra civil, ¿de qué no van a ser capaces en cualquier circunstancia por pequeña que sea si notan que su poder está en peligro o simplemente que las políticas de un gobierno no se hacen a su conveniencia? 

Memoria y justicia, reivindicamos para no olvidar que el lawfare está instalado en todos estos casos flagrantes como un instrumento más de los poderosos para un fin político deleznable: Echar del poder y aniquilar al enemigo político. Una estrategia que continúa hoy en día ante nuestros ojos y cuyos resultados asustan por su impunidad y por la elocuencia de su eficacia y rentabilidad política. No hay más que ver el erial y el desastre que representa Andalucía -o Extremadura, tan reciente- para las ideas progresistas, proclamando así la victoria de los de siempre. Y todo ello con la propia complicidad de una ciudadanía desatenta, desmemoriada y falta de vergüenza y conciencia, que lo consiente todo, como si no fuera con ellos…

No habrá castigo para los malvados, me digo con el título de la película. Los Alayas y Zoidos de turno -y que son otros tantos más porque los andaluces claro que sabemos contar-, a pesar de sus desmanes y su miseria moral siguen ahí tan campantes y triunfantes. -Por cierto, ¿seguirán Alaya y Zoido preparando a futuros jueces y fiscales en sus casitas?-. Su encomienda y su inagotable cruzada ya nos la sabemos; y les delata a pesar de su ropaje. Se trata de destruir a la izquierda y de camino a la democracia; y no les importa para ello enfangar la vida política y la justicia; y de camino también la vida pública, alimentando el odio y convirtiéndola en un estercolero. Para ellos no habrá ni justicia ni cárcel a pesar del inmenso daño causado. Juez no come carne de juez…

No habrá castigo para los malvados, me repito pensando en que todavía quizás nos quede como consuelo el referirnos a la justicia poética, que porque es lenta, quizás no ha dicho aún su última palabra. Como en el poema Vencidos de León Felipe, Don Quijote cabalga de nuevo por la manchega llanura, llevándonos en su grupa dispuesto a dar la batalla. Viene acompañado del capitán Trueno y los héroes olvidados de nuestra infancia, como si en ellos hubiéramos depositado toda nuestra esperanza. No lo infravaloremos: La dignidad de las palabras siempre busca su refugio en nuestros héroes. En ellos sobrevive el valor real y verdadero de palabras como justicia. Y no sólo eso, también siempre nos quedará y ahí está la justicia popular; y ésta sí que está dispuesta por vocación a no quedarse sin decir su última palabra y a gritarla. Lo hace, por ejemplo, en la voz de El Agujetas, mi héroe favorito en este tema. Un héroe que nos viene del cante flamenco con esta letra:

Que de qué me mantenía
un juez a mí me preguntó
que de qué me mantenía.
Y yo le contesté, robando…
Lo mismo que hace Usía,
pero yo no robo tanto. 

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