LITERATURA Y ADOLESCENCIA
Digamos que hay historias sin tiempo, o incluso escritas como a destiempo y a semejanza de las típicas respuestas chocantes, casi incoherentes e inoportunas de nuestros propios alumnos adolescentes. Así que esta historia no ocurre ahora que estamos casi a final de curso; ni siquiera sabemos si ha ocurrido antes, o si tal vez ocurrió alguna vez y resulta que no la recordamos. Es lo que tienen las historias a destiempo, que por cercanas unas veces parecen que sí y otras parecen que no. Como la adolescencia misma, diríamos…
Así que pongamos que es el primer día de clase y el profesor de Literatura estrena este curso con un nuevo grupo de alumnos, otro más. Aunque también esto mismo pudiera expresarse al revés diciendo que un grupo de alumnos estrenan nuevo profesor de literatura. Así que escribamos viceversa y ya está. Y digamos también que para el alumnado adolescente, comenzar un nuevo curso puede entenderse además cómo uno de esos ritos de iniciación, una más de esas experiencias vitales que les acompañan para hacerse mayor. Aunque también es verdad que si les preguntáramos a ellos sobre este tipo de cosas se encogerían de hombros; ya sabemos de su habitual manera de negar los problemas hacia fuera, dejando las incógnitas para dentro. De los ritos de iniciación del profesor no hablamos; de esas cosas no se habla; ya se sabe, lo importante y lo que más preocupa es el alumno, sobre todo a esa edad. Así que pongamos también que si se les preguntara a los profesores por sus ritos quizás también se encogerían de hombros dejando ahí dentro el análisis de lo que les pasa como si fuera una asignatura pendiente. También hay asignaturas pendientes en el profesorado…
Pues eso, que nuestro profesor de Literatura ha querido comenzar este primer día con sus nuevos alumnos de ESO, simplemente preguntándoles cosas propias de un primer día de clase. Por ejemplo, qué esperan aprender con esta asignatura. Él ya lo sabe; si quieres empezar bien, lo mejor es hacerlo con un tono distendido, como si se tratara de un diálogo o una charla amistosa. Lo malo es que los alumnos no se animan a responder a la pregunta del profesor. Ni siquiera los buenos alumnos, los más concienciados, que parecieran como querer esconderse, incomodados ante una pregunta que parece contener una respuesta envenenada; no porque les obligue a mirar hacia dentro, a eso están acostumbrados, sino porque les obligaría a retratarse ante el profesor y ante los nuevos compañeros. Y para eso se necesita más tiempo, más confianza.
Si nos paramos a pensar, es verdad: quizás no sea una pregunta fácil para ese primer momento del primer día de curso. Así que ante la callada por respuesta de los alumnos, el profesor de literatura no se anda con chiquitas y les plantea:
-Lo digo de otra manera: ¿Para qué creéis vosotros que sirve o puede servir la literatura?
También, como profesor ya sabe que si quieres que los alumnos participen no hay nada mejor que provocarlos con propuestas o preguntas que suelen tener una respuesta brutal cuando salen de labios adolescentes:
-Para nada; yo creo que en verdad no sirve “pa ná” -dirá una voz apoyada en un sonoro aplauso de casi toda la clase y su correspondiente carcajada. Ya sabemos de cómo el mundo adolescente se las gasta y de cómo también se siente empoderado en estos casos. Un empoderamiento que quizás sólo sea la expresión de cómo compensar los efectos de otros poderes sobre ellos…
Entonces el maestro, pareciendo casi ajeno al clima todavía bullicioso que la respuesta del alumno ha generado en el aula, se va a la pizarra y escribe esto:
Un día, pregunté a mi madre cuándo notó que me había hecho mayor. A lo que ella con una ternura infinita me respondió: Cuando te di un beso y no te quité la pena…
Después, suelta la tiza y deja que continúe pacientemente -la paciencia es un arma revolucionaria, quizás se diga- el clima propiciado por los jocosos comentarios hasta que poco a poco estos se van apagando. Él sabe que las palabras de la literatura son así: han de ir calando poco a poco en los corazones adolescentes -muy impulsivos para unas cosas, más lentos para otras-; y también piensa en cómo estas palabras se parecen a lo que su admirado Luis Landero llamaría lluvia fina. Hasta que esa lluvia fina es interrumpida por una de esas voces impulsivas, quizás la que más, que no puede callárselo:
-¡Qué bonito!
Y ¡qué bien!, podría contestar en paralelo el profesor pensando en la importancia de esa primera voz atrevida. Incluso pensará algo así como que esas primeras voces deberían ser esculpidas en piedra, o mejor aún, tatuadas en sus cuerpos adolescentes donde tanto tatuaje abunda. O quizás también piense que ese “bonito” colocado aquí en tan buen lugar, cumple a la perfección la función comunicadora del adjetivo, un tanto denostada al parecer por la poesía más moderna.
-Que levanten la mano quienes pensáis lo mismo que la compañera -propone el profesor… Y las manos se van levantando poco a poco, hasta convertirse en muchas…
-Estupendo -comenta-. Una de las cosas que haremos en nuestras clases consistirá precisamente en esto: en reivindicar lo hermoso de las palabras, su profundo valor, para así aprender a respetarlas y amarlas… En cualquier caso, decir que algo es bonito, quizás sea decir poca cosa… ¿Hay alguien que quiera añadir algo más?…
-Pues para mí… es como si esas palabras yo las hubiera sentido antes, como si hubieran estado ahí dentro de mí y sin saberlo, hasta ahora que las he visto escritas…
-Me parece muy interesante eso que dice el compañero: también es muy bonito. Repítelo, si no te importa…
Como dijo el torero: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible; y eso mismo parece decir el alumno que apenas sabe cómo han podido llegar esas palabras a su garganta…
-Pues eso es otra cosa que haremos también: Intentar que saquéis y que contéis lo que queréis decir, lo que lleváis dentro; y además diciéndolo bien como has hecho tú, como reivindicando la dignidad de las palabras… Hablar bien, tratar bien las palabras, es lo que distingue a una persona educada de quien no lo es…
-Pues yo me he quedado pensando… que es como si ese texto hablara de nosotros mismos, de lo que nos pasa, de eso de dejar de ser niños y hacernos mayores… -dice otra voz mientras el profesor quizás piense en los ritos de transición que necesitan sus alumnos para eso de dejar de ser niños…
-Pues a mí lo que más me ha gustado -añade otra voz- es lo que dice la madre, porque nosotros no nos damos cuenta de que nos hacernos mayores, pero una madre, sí. En cuanto llegue a casa le voy a dar un beso a mi madre…
Es verdad. La clase puede continuar por otros derroteros parecidos y que podrían constatar eso de que nunca se sabe del todo de los efectos no previstos inicialmente en una clase de este tipo. Quizás sólo sea que una clase de literatura puede convertirse en una magnífica oportunidad de poner en contacto al adolescente con lo más profundo de la condición humana; o simplemente que las historias a destiempo como éstas son así, como nuestros alumnos adolescentes, y nos devuelven en forma de regalo, cosas que podemos entender fácilmente y que contienen en sí mismo una maravilla.
Manuel Martín Correa. Maestro, socio de Redes y miembro del Colectivo SURCOS