El poder de la lectura

TRES HISTORIAS INGENUAS SOBRE EL PODER DE LA LECTURA:

I.- Saldar una deuda

Son pequeños olvidos, ya lo sabemos…

-¿Te acuerdas de cuando hablábamos de corrido? Me pregunta irónicamente un amigo al respecto. Pues eso, son pequeños olvidos, por ahora casi nada preocupantes con los que convivimos y negociamos como viejos enemigos en nuestra vida diaria.

-Nos lo ha robado el alemán. Debe estar haciéndose rico con lo que nos roba -Nos decimos. Una frase que está muy bien para tratar de digerir y exorcizar esos malos momentos; aunque también nos deje por dentro, imposible de olvidar, la huella emocional del mal momento vivido; sobre todo cuando nos ocurre en público,  como pasó el otro día en una charla a un grupo de compañeros; y que más o menos suele suceder así: Te quedas atascado en tu discurso, sin poder continuar como si te faltaran palabras y como buscando una idea perdida que se escapó y no hay manera de que vuelva. Y también es como si te sintieras atracado, por eso suelo bromear diciendo que seguramente me la ha robado ese alemán tan famoso.

Quiero pedir excusas, en primer lugar porque creo que se trata de un tema en el que no debiéramos frivolizar. El Alzheimer, como sabemos, es una enfermedad terrible. Lo saben muy bien los enfermos y sus familiares; así que toda nuestra comprensión y solidaridad hacia ellos. En mi caso, y afortunadamente por ahora, solo se trata de pequeños olvidos, aunque por razón de edad sé que la amenaza está ahí.

Lo que quiero decir, es que por ahora la situación es más o menos soportable; de ese tipo de cosas que asumes como diciendo: Qué le vamos a hacer… Entonces solo se te ocurre tratar de olvidarlo y decir eso que también dije en esta charla y que solemos repetirnos pacientemente una y otra vez: Bueno, ya vendrá… Sobre todo porque sabes que esos olvidos se acabarán resolviendo por sí solos, a veces en los lugares y en los momentos más insospechados. Y qué bien cuando eso ocurre…

Pues qué deciros si no que eso mismo me suele pasar cuando paseo a pie o en bici. Paseas y parece que el pensamiento se acompasa tan bien a tus pasos o a tu pedaleo, que entonces, en el cúmulo de palabras que manejas sobre las reflexiones e historias que dan vueltas en tu cabeza, te llega: ¡Aquí está! Esto era lo que no quería llegar entonces a la punta de la lengua y se quedó en los vericuetos neuronales del camino. ¡Aquí está! Y sonríes satisfecho como si se tratara de una pequeña (re)conquista en la épica minúscula de nuestro quehacer cotidiano.

Lo que ocurre también, es que por esta vez no me pasó paseando -pasar y pasear, ¡qué cercanos!-, sino que me llegó andando. Quiero decir andando en la cinta del gimnasio donde ando y corro; y porque ya sé que puede sonar a pegote en mi edad, diré simplemente que ando y corro a la misma velocidad: De 6´5 a 7 km/h…

En fin, -y aquí apelo a todo aquel que ya lo haya constatado-, andar y correr en la cinta es tremendamente pesao; y más pesao aún, si estás continuamente mirando el tiempo. Si miras el tiempo, el tiempo se para. Eso me digo como si sonara casi a algo hasta filosófico o poético, aunque después, ya lo sabemos, te puedes encontrar ese mismo tipo de frases poéticas y filosóficas en un anuncio televisivo. Un destino descorazonador para el propósito de poetas y filósofos a los que ni siquiera llegan las migajas de ese gran negocio y que vienen a mostrar claramente, lo que nos cuenta el pasaje famoso entre Alicia y Humpty Dumpty en Alicia ante el espejo y que tanto me gusta recordar por su clarividencia:

-Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty, con desdén- quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más, ni menos.

-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda… eso es todo.

……..

Cristalino, diría mi amigo Manuel. Por supuesto que no mandan los poetas y filósofos, ya nos valdría… También, por supuesto, que el tiempo tampoco se para en la cinta de andar. De modo que para evitar el aburrimiento y que el tiempo pase más deprisa, acostumbro a inventarme historias que dan vueltas y más vueltas en mi cabeza y que suelen surgir del mirar, del ejercicio de la mirada que suele ser mi mejor herramienta para inventarlas. No sé a vosotros, pero a mí me ocurre que un gimnasio es como uno de esos lugares que tientan mi vocación de antropólogo, o de voyeur, que viene a ser más o menos lo mismo. Hay tanto dónde mirar y admirar…

Pues eso fue lo que pasó; que mirando y admirando de pronto saltó la chispa y recordé:
-Aquí está, eso era, eso era -me dije… y empecé a sonreír al sentir que recuperaba lo que el famoso alemán me había robado.

-Que levanten la mano quienes tenéis tatuajes; y tranquilo, no os preocupéis, que no voy a preguntar dónde… -Eso me veo planteando en la charla de hoy al grupo de compañeros.

-¿Nadie? ¿Tres? Pocos son. Los maestros debemos ser gente un tanto especial, porque yo miro en el gimnasio y la mayoría de la gente tiene tatuajes por todas partes, quizás como expresión normalizada del narcisismo en nuestra sociedad y que donde más claramente se proyecta es ahí, en los gimnasios y los tatuajes…

Pues eso, que lo que quise decir el otro día y no dije, por culpa de ese alemán dichoso al que me refería, tiene una relación directa con los tatuajes. Recuerdo que hablaba entonces de la relevancia de la frase de Machado de que “Lo que importa es aprender a pensar”. Una frase que yo proponía escribir con mayúscula en un folio y pincharla ahí en el tablón de corcho junto a nuestra mesa de maestro. Y para enfatizar esta idea sabía que había pensado añadir algo mucho más contundente, pero lo que ocurrió es que esa idea y su contundencia, ya sabemos, se las llevó el olvido por el sumidero acostumbrado, dejándome planchao; y que ahora por suerte y de imprevisto, ahí entre el bullicio del gimnasio, había recuperado para mi satisfacción.

¿Y por qué los tatuajes? ¿Qué tendrá que ver los tatuajes con la educación? ¿Estaremos todavía en los tiempos de aquello de que la letra con sangre -o con tatuaje- entra? ¿Por qué los tatuajes? -repito-.

Pues, porque como dice el amigo y compañero radiofónico en REDESDEPOESÍA, Juan Carlos Sierra, hay versos que no estaría mal, que nos los tatuáramos en nuestra piel y en nuestra alma de maestros. Así pues, que eso: ¿Qué tal si nos tatuamos ese machadiano: Lo que importa es aprender a pensar, por ejemplo, ahí en nuestro antebrazo izquierdo? O que fuera el propio centro el que lo convirtiera en su lema y lo escribiera también ahí en el azulejo junto al nombre del colegio. Qué bien quedaría, por ejemplo: CEIP ANTONIO MACHADO. “LO QUE IMPORTA ES APRENDER A PENSAR. ¡Qué maravilla!, diríamos…

O mejor aún… Digamos que en nuestro caso hemos situado esa frase de Machado en la base de la construcción de nuestro proyecto lector y matemático de Centro. Pero ese aprender a pensar no tiene por qué referirse solo a la lectura y a las matemáticas. Hay un espacio del aprender a pensar íntimamente ligado a la poesía como el más hermoso, noble y profundo ejercicio de pensamiento. Pues eso, que a nuestro lo que importa es aprender a pensar que pretendemos tatuarnos en nuestro antebrazo izquierdo, hagámosle un hueco para añadir: y a sentir. Lo que importa es aprender a pensar y a sentir… Incorporando así la poesía a nuestro doble -ya triple- proyecto educativo alrededor de la poderosa idea del “Aprender a pensar».

Y con nuestro antebrazo izquierdo tatuado ya, como corresponde, todavía nos queda por tatuar el otro brazo. ¿Qué deberíamos tatuarnos ahí en nuestro antebrazo derecho? Pues permitidme una sugerencia y recomendaros que después de haberlo escrito igualmente con letras mayúsculas en un folio y pincharlo en nuestro tablón de corcho junto a nuestra mesa de maestro, nos tatuemos otra de esas frases imprescindibles y de enorme calado en nuestro quehacer: El poder de la Lectura; y que también podría convertirse en el rótulo que presidiera, por ejemplo, la entrada a la biblioteca del Centro.

¿Y qué quiere decir eso de El poder de la Lectura?

Digamos para empezar que es un concepto muy usado y trabajado tanto en el ámbito de la literatura como en el de la educación. Y digamos también que si escribimos en el navegador. que al aparecer todo lo sabe, ese concepto, rápidamente encontraremos el nombre de Alberto Manguel.

De vez en cuando acostumbro a decir, que en mi caso tengo la impresión de que las grandes lecciones sobre la pedagogía no las aprendí tanto en el manual de la asignatura como en los textos de mis poetas y escritores favoritos. Si Machado es uno de mis maestros preferidos, Alberto Manguel es otro. “El poder de la lectura”, eso que acabamos de recomendar para tatuarnos en la piel y en nuestra alma de maestros, es la “poderosa” idea que recorre su libro  “Una historia de la lectura” y la mayoría de sus innumerables artículos. También, el poder de la lectura, era lo que escuchábamos una y otra vez de los labios de nuestra compañera Isabel Álvarez, de quién tanto aprendimos también en torno a este tema.

Pues eso, que tanto a nuestra querida e inolvidable compañera Isabel Álvarez Álvarez, la inspectora de educación y fundadora de REDES, como a Alberto Manguel, el escritor argentino-canadiense, estará dedicada la próxima charla de nuestras Jornadas Pedagógicas sobre la Construcción del proyecto Lector y la Construcción del  Proyecto Matemático -ahora ya también Poético- de Centro. Llevará por título: El PODER DE LA LECTURA y el alumnado empoderado y está previsto celebrarse durante la segunda quincena de abril en el CEIP Manuel Castro Orellana, de Villanueva del Ariscal (Sevilla). Estaréis debidamente informados y allí os esperamos. Daros ya por invitados.

Manuel Martín Correa (@MMartinCorrea). Maestro jubilado y socio de Redes