Editorial: Un sistema educativo ciego

La necesidad de un Libro Blanco sobre la educación andaluza

Hace unos meses, el profesor Escudero, catedrático emérito de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Murcia, ponía el dedo en la llaga al declarar y denunciar el desconocimiento e ignorancia de lo que de verdad estaba ocurriendo en las aulas. En el periódico El País de 27 de septiembre de 2023, decía: “Nadie sabe cómo se está enseñando en España, vamos a ciegas.”  Y, ojo, no lo decía un recién llegado a estos temas ni hablaba a humo de pajas, sino un catedrático con años de investigación y abundantes publicaciones sobre el sistema educativo a sus espaldas, así como con experiencia de haber recorrido aulas de institutos y universidad, ostentar cargos en la administración y haber sido miembro del Consejo Escolar del Estado. Después de ese recorrido por investigación, administración y aulas concluye diciendo que estamos ciegos sobre lo que de verdad ocurre en el corazón del sistema educativo que son las aulas.

Y tiene razón. Existen abundantes informes sobre resultados del sistema (PISA, PIRLS, evaluaciones de diagnóstico…) o sobre las condiciones de los protagonistas (alumnado, profesorado…) u opiniones de los afectados por su funcionamiento (familias…) pero no existe una investigación empírica, exhaustiva, sistemática e histórica sobre lo que ha ocurrido y ocurre en las aulas desde el momento en el que el profesor/a cierra la puerta. Y aun menos sabemos de dichas prácticas diferenciando las distintas etapas educativas y cómo han evolucionado las mismas. Sí sabemos que siempre hay diferencias entre lo que el profesorado cree que debe hacer, lo que dice que hace y lo que realmente hace, así como que lo mismo pasa con los otros protagonistas del sistema (alumnado, familias e, incluso, la propia administración). Por último, ni siquiera poseemos fuentes cualitativas, como podrían ser las historias de vida profesionales, ya que, salvo casos aislados, no tiene costumbre el profesorado de nuestro país, ni se le ha instado a hacerlo durante su formación o en su ejercicio profesional, de escribir (durante o después) sobre lo que hace día a día en el aula y las reflexiones que le suscita.

Sin saber, de verdad, cómo se enseña en las aulas, cómo actúan profesorado y alumnado, cuáles son las dificultades y condiciones que se dan en el terreno de la práctica, más allá de pinceladas o casos aislados sino a través de una investigación seria y continuada en el tiempo sobre muestras representativas de aulas, difícilmente podremos abordar propuestas serias no sólo en el terreno de la política educativa sino tampoco en el ámbito de la didáctica o en el ámbito,  o nivel micro de los propios centros educativos. Cualquiera acostumbrado a estar en los centros y las aulas, sabe perfectamente que los meros cambios legislativos no producen automáticamente cambios en las prácticas (de las aulas). Por tanto, seguir haciendo propuestas sin saber de verdad qué está pasando en ellas no deja de ser inútil y estéril, en el mejor de los casos, o, lo que es peor, simplemente cínico.

Pero la ceguera va más allá de lo que decía el profesor Escudero y, en este caso, lo limitaremos a Andalucía. Más allá de cambios de gobiernos, con distinto color político, necesitamos saber cual ha sido la evolución y cuál es el presente, del sistema educativo andaluz, por ejemplo, en las últimas dos décadas. Un período suficiente para detectar tendencias, o cambios de tendencias, con datos longitudinales sólidos y asentados. Hoy por hoy, la Administración posee datos más que suficientes para ofrecernos una radiografía de la realidad de nuestro sistema educativo. Ello nos permitiría hablar de muchos problemas del sistema de los que, en muchas ocasiones, solo sabemos datos aislados y fragmentarios.

Redes, lo hemos dicho en múltiples ocasiones, considera necesario y urgente tener una radiografía de nuestro sistema educativo andaluz y su funcionamiento en el medio plazo, más allá de coyunturas o supuestos cambios políticos, que nos permita a todos tener un suelo común para debatir y dejar de escuchar tantas banalidades, obviedades o, directamente, ideas comunes, que no han sido confirmadas por dato alguno, pero que han inundado el “sentido común” educativo del que todos hacemos gala. Un Libro Blanco que sea público y transparente, ya que los datos, como muchas veces hemos dicho, no son propiedad de las Administraciones sino de la ciudadanía y su derecho a la información. Dicha radiografía, su tratamiento científico desde las facultades de formación del profesorado y su debate público y parlamentario posterior sobre esa base sólida, podría ser el primer paso para que la educación, como tantas veces hemos defendido, ocupe el lugar que le corresponde en el debate público y en la agenda política. Esperemos que la administración educativa deje de limitarse solamente a gestionar, más mal que bien, la maquinaria burocrática y dé un paso al frente para que todos tengamos acceso al estado de nuestra educación y cómo ha ido y va evolucionando, de manera que colectivamente podamos debatir los caminos y medidas a tomar.