UNA LECTURA DEL ÚLTIMO LIBRO DE JAVIER ARISTU

El pasado 25 de Mayo se presentó el último libro de Javier Aristu en la sede del CICUS de Sevilla. En dicho acto participó Carlos Arenas con un texto que, por su interés reproducimos íntegramente.

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En el patio de una casa de Vejer de la Frontera existe un pequeño cartel en chapa escrito en francés que dice: Plaza de los Jubilados. Fue un regalo de Pedro Jiménez Manzorro y lo puso Javier Aristu al terminar su compromiso con la Escuela Europea de Bruselas en 2010.  De jubilación nada; desde su retiro, Javier tuvo un vida intelectual y política muy activa. Una voracidad lectora, afán de influir en su blog Encampoabierto y en la revista digital Pasos a la Izquierda que él creó; y una acción política, con P mayúscula, mediante la promoción de plataformas de reflexión y debate como Nuevo Diagnóstico de Andalucía y los Encuentros Andalucía Cataluña.

Fruto de ese trabajo de “jubilado” han sido también dos libros: El oficio de resistir. Miradas de la izquierda en Andalucía en los años sesenta (2017) y este libro póstumo que presentamos hoy. Señoritos, viajeros y periodistas. Miradas sobre la Andalucía del siglo XX. El libro que terminó a duras penas con la ayuda de su hija Ana, unas horas antes del fallecimiento.

Javier tenía una curiosidad insaciable que le llevaba a visitar los campos más diversos del conocimiento; no solo la literatura o la filosofía, disciplinas de las que fue profesor sino también el del ensayo político, sociológico y económico, tan útiles para su compromiso de bloguero de reflejar el día a día de la realidad andaluza, española o global.

O lo que es lo mismo; por mucho que quisiera borrar el recuerdo de dirigente político en el PC de la transición y de los primeros años de la democracia, Javier mantuvo un acendrado compromiso político por considerar que la política es el gran motor, el brazo con el que se amolda la realidad social. En la escala de sus prioridades analíticas, la economía ocupaba un rol subsidiario a la hora de explicar los fenómenos sociales y la evolución de los mismos. No le faltaba razón si se entiende por economía la corriente neoclásica que se propone como una física de lo social, como una ciencia infalible, cuando en realidad no es sino un trampantojo encaminado a preservar las relaciones de dominio dentro de la sociedad actual.

Tampoco concedía gran importancia a los factores identitarios como base para el análisis político. Estaba convencido de que la identidad colectiva es una construcción social; que el regionalismo o el nacionalismo español, catalán, vasco o andaluz es un invento de los nacionalistas españoles, vascos, catalanes y andaluces.

Y, sin embargo, pese a esas reticencias, pese a la centralidad del discurso político, Javier añoraba un pueblo andaluz que tuviera el “impulso social o real” que le faltaba; pese a su actitud desdeñosa frente a la economía, la intención al escribir el libro que hoy se presenta, era hablar de “los andaluces” porque, “así siento que hablo de cosas concretas, que tocamos y palpamos, en definitiva, que me refiero a realidades”, con lo cual dejaba la puerta abierta a hablar de economía.

Quiero decir, por tanto, que Javier establecía un puente, un patio, un lugar de encuentro entre la literatura, el ensayo político, la cultura colectiva y la economía. Ese lugar de encuentro, para un historiador como yo, es el del análisis institucional o lo que es lo mismo, el análisis del poder político y económico que se transmite por canales tanto materiales como inmateriales; los materiales son constituciones, estatutos de autonomía, ordenanzas municipales, reglamentos de régimen interior de partidos y empresas, etc. Los inmateriales pertenecen al vaporoso y casi invisible ámbito de la cultura; las costumbres, las pautas sociales dominantes, las aficiones colectivas, las rutinas o las prioridades a la hora de elegir o de gestionar, las actitudes que adoptamos frente a terceros etc., etc. Esas instituciones no están escritas como si fueran un catecismo, pero arraigan en los individuos hasta el punto de conformar, incluso más profundamente que la política económica, un modelo económico y social.

La pregunta clave en todo esto es ¿cómo se construyen las instituciones?, ¿quiénes consiguen que arraiguen unas y no otras? En una sociedad democrática, se entiende, en teoría, que la “soberanía nacional” construye las instituciones formales o materiales. En cuanto a las informales, sus hacedores son aquellos que hoy llamaríamos “influencers”; es decir, individuos, corporaciones, entidades que tienen poder, medios de comunicación, amplias redes sociales en Internet, capacidad para crear y moldear la imagen de la sociedad, la opinión de las gentes. 

Un momento del acto de presentación del libro de Javier Aristu, Carlos Arenas se encuentra a la izquierda de la fotografía.

 Como indica Habermas, y antes Marx, la clase dominante construye la imagen y los valores de la sociedad. Los nacionalistas inventan e inoculan el nacionalismo. Los explotadores se visten de emprendedores, la caridad se impone como el único factor aceptado de distribución de la riqueza frente a la justicia social o a la igualdad de oportunidades. El éxito de los constructores de imagen se mide por el nivel de asimilación del mensaje por parte de la población, por cómo la gente internaliza o asume la imagen prefabricada y por cómo los sueños por cambiarla son declarados absurdos o socialmente subversivos y punibles.

Entremos en materia. La imagen social de Andalucía empieza a construirse a mediados del siglo XIX. Se dice que fueron los viajeros románticos que visitaron nuestra tierra quienes moldearon el tópico andaluz. No es así, o no es exactamente así. Lo que describieron los viajeros de entonces lo captaron sus ojos, pero también sus oídos en los banquetes y tertulias a los que asistieron por invitación de una envanecida clase aristo-burguesa que había conseguido conservar sus propiedades jurisdiccionales y añadir otras adquiridas en el mercado y en las subastas desamortizadoras. Aquella imagen “costumbrista” creada por el señorito latifundista no podía ser otra que la de una Andalucía arcádica y feliz, donde los ricos eran morales, obsequiosos y benefactores y los pobres indolentes, agradecidos y festeros. En definitiva, crearon una imagen narcisista del pueblo andaluz tal y como resumió Ortega y Gasset en la serie de artículos que publicó en El Sol en 1924 con el título de Teoría de Andalucía.

En el libro que hoy se presenta, Javier Aristu nos cuenta la contribución de algunos de los más acreditados influencers andaluces del siglo XX. Gracias a ellos, se puede decir que la imagen de una Andalucía socialmente bipolar pero orgullosa de serlo, no cambia en absoluto, y aún sigue vigente en el siglo XXI.

El más agasajado de los constructores de imagen del siglo pasado fue y sigue siendo José María Pemán: “el gran falsario de la Andalucía contemporánea”, según Javier. Sus textos representan el paradigma ideológico y actitudinal del señorito andaluz; un paradigma en el que se mezclan el desprecio y la ignorancia voluntaria hacia el pueblo y, por supuesto, una latente amenaza cuando el pueblo no se atiene a la construcción mirífica de la supuesta Andalucía eterna. En 1936, recuerda Javier, cuando Queipo de Llano animaba al genocidio desde Radio Sevilla, José María Pemán participó en la represión como delator de rojos y aplaudió el genocidio, considerándolo “como la quema de rastrojos para dejar abonada la tierra para cosecha nueva”. O sea, los maestros y maestras, los médicos, los alcaldes, los sindicalistas, los jornaleros y jornaleras asesinados durante la ocupación de la Baja Andalucía por las bandas agro-militares eran “rastrojos” o, lo que es lo mismo, una plaga que exterminar para que surgiera una cosecha nueva. Por cierto, la cosecha nueva se ocultó en los graneros para venderla en el mercado negro, provocando el hambre masiva y la muerte por inanición en la España de posguerra.  Como tantas veces en España, la pompa del discurso está ligada a la trampa en el mercado.

José María Pemán, «el gran falsario de la Andalucía contemporánea» según Aristu, acompañado de Juan Carlos I.

Javier Aristu, retrata certeramente al personaje: “La visión del mundo que nos ofrece Pemán (…) llega a ser en algunos casos ejemplos de supremacismo étnico. (…) Desde esa atalaya peculiar que significa el cortijo, y siendo además dueño de este, Pemán divisa el mundo, su mundo, y observa la vida de los subalternos, criados, jornaleros, mayetos, esos seres destinados a la vulgaridad y la ordinariez de una vida sometida al trabajo físico. Pemán representa una eclosión de clasismo, de machismo de señorito, de concepción del mundo en dos clases, los de arriba y los de abajo”.

Otro que tal baila es Manuel Halcón. Halcón pertenece a la saga de los propietarios de media Lebrija, por no decir de Lebrija entera. Falangista que participó igualmente en la “quema de rastrojos” o, como decía, el aristócrata Rafael de Medina, en la misión de “recuperar España para España”. Su novela más apreciada es Manuela (1970), que viene a ser un canto a la Andalucía eterna, sabia e imperecedera. Manuela es una mujer bella y pobre que renuncia a la herencia de su rico enamorado, cediéndola a un convento. Nació pobre y morirá pobre, dice ella. Ese es el mensaje de Halcón: los pobres en Andalucía han de ser orgullosos de serlo y masoquistas.

Una tercera generación de influencers nace en los años sesenta; son los años en los que el latifundio y el cortijo van dejando de ser “la sala de máquinas del sistema socio-económico andaluz”, siendo sustituidos por los consejos de administración de la banca y de las multinacionales. Es la generación de los Nicolás Salas y Antonio Burgos, a los que Javier analiza en su obra. Son los portavoces de una élite burguesa que se considera traicionada por un régimen que triunfó gracias al apoyo del cortijo y que ahora ve cómo se permite la emigración de un millón y medio de andaluces dejando al latifundio sin el componente principal de la acumulación de capital: la explotación inmisericorde de una mano de obra barata y analfabeta. Sin mano de obra, el señorito cortijero deberá abandonar el mullido sillón del casino del pueblo, donde solía recibir el sobre con la renta del colono, para ocuparse personalmente de la gestión de su empresa.

Interpretando el malestar de sus amos, estos dos periodistas de ABC son el altavoz de una burguesía indignada, que se presenta como víctima de que los recursos humanos y materiales hayan volado a otras regiones, a la separatista Cataluña, sobre todo. Se hacen las víctimas sin preguntarse cuál ha sido su responsabilidad en el atraso económico andaluz.

El victimismo ante un mundo paradisíaco que desaparece convierte a viejos fascistas como Pemán o Halcón en venerables liberales de toda la vida; nace igualmente un andalucismo reaccionario que tendrá su expresión política, en el partido creado por Manuel Clavero Arévalo, convertido hoy, con calzador, en el nuevo padre de la patria andaluza, mientras que el genuino, Blas Infante, sigue sepultado no se sabe dónde.

Javier Aristu, pues, dio un “repaso” a tres generaciones de señoritos andaluces que construyeron la falaz e interesada imagen de Andalucía en el siglo XX. Hubo no obstante otras miradas, ajenas al tinglado cultural dominante, que nos devolvieron la imagen de la Andalucía real, tantas veces “trágica” e irredenta. Esas otras miradas nos llegan de fuera. Algunos son extranjeros; otros proceden de Cataluña. En la mirada de los primeros, Brenan, Pitt Rivers, Fraser y Gibson, etc., destaca por encima de todo su aprecio a las gentes con las que tratan. Nos hablan de su miedo, del hambre que padecen, de la falta de libertad para elegir qué hacer con sus vidas, pero no los culpan y les llaman vagos, rojos o delincuentes como hacen los del casino. Entre los catalanes, Javier, que ya se ocupó ampliamente de uno de ellos, Alfonso Carlos Comín, en el primero de sus libros: “El oficio de resistir”; ahora se centra en tres más, en tres Juanes: Juan Goytisolo, Juan Marsé y Juan Martínez Alier.

El notar Juan Goytisolo que los emigrantes hacinados en los suburbios de Barcelona huían de algo que no sabía bien qué, le indujo a viajar al Sur. Era 1956; en Almería descubre que no hay regiones ricas y pobres, laboriosas o perezosas, sino regiones enriquecidas y regiones empobrecidas. Goytisolo aprendió de Alfonso Carlos Comín que la causa de la pobreza no era el carácter indolente del andaluz; si acaso, el carácter indolente del capitalista andaluz. En su viaje por Andalucía en 1962, Juan Marsé identificó a estos indolentes sentados en el casino de propietarios: allí “flota esa atmósfera tranquila y sólida, bien ganada, beatífica, feudal, secular y estomacal que se remonta a la mejor y más astuta tradición aristocrática latifundista andaluza”. El tercer Juan, Martínez Alier, nos ofrece en La estabilidad del latifundismo (1968) su mirada sobre las campiñas de Córdoba y Sevilla donde prolifera la gran propiedad. Martínez Alier conversa con los jornaleros: gente cautelosa porque ha sido diezmada por la represión de la posguerra pero que, pese al desprecio de los amos, no ha perdido su dignidad, no se arrastra, y conserva, grabado en la piel, la diferencia que existe entre “nosotros” y “ellos”.

Fotografía procedente del libro de Juan Marsé «Viaje al Sur»

En los años setenta del siglo pasado, se produjo una guerra cultural abierta entre la Andalucía real descrita por los tres Juanes y la Andalucía ficticia promocionada. Nuevos símbolos y valores, expresiones culturales, actitudes colectivas compusieron una imagen nueva y pujante que se hizo hegemónica frente a la fabricada en la casposa antesala de círculos, casetas y hermandades. Aquel tsunami cultural fue un desafío a la “transición de seda” y a las autonomías de primera, falazmente llamadas históricas; un desafío que tuvo sus expresiones políticas en las manifestaciones multitudinarias del 4 de diciembre de 1977, en el referéndum del 28-F, en el Estatuto de Autonomía de 1981 y en las elecciones autonómicas de mayo de 1982 en las que las izquierdas sumaron el 70 % de los votos. Ningún momento como aquel para haber cambiado la trayectoria histórica y la imagen de Andalucía.

Desde entonces han pasado cuarenta años. El balance que hace Javier es bastante descorazonador. Los valores que se construyeron colectivamente durante la transición se fueron diluyendo. Dice: “No se promovieron las costumbres ligadas a la buena tradición de las gentes: solidaridad, intercomunidad, tradición laica y democrática, sino aquellas que provenían del corpus simbólico e ideológico alimentado desde épocas pretéritas y reforzadas o creadas por el propio franquismo a lo largo de cuatro décadas”.

Frente a la “buena tradición de las gentes” que añoraba Javier se terminó imponiendo una identidad banal en la televisión, en los campos de fútbol, en las cofradías, en ferias y romerías llamadas “populares” donde se explicitan las jerarquías existentes dentro de la sociedad andaluza y donde se diluyen los problemas cotidianos.

El crecimiento económico de los últimos cuarenta años ha hecho que la clase dominante, creadora de imagen, se halla ensanchado, que haya dado lugar a una mesocracia, a una amplia clase media que, lejos de innovarse culturalmente, comparte los intereses y los valores de las élites de siempre. De ahí, que se reproduzcan actitudes semejantes a las que Javier describió refiriéndose a los constructores de la Andalucía eterna: el desprecio a los más, la falta de empatía social, la miopía respecto a los que nada tienen –en Andalucía están los barrios y los pueblos más pobres de España-, valores estos que son la antesala de un fascismo cotidiano, de un sociedad pandillera, sin normas, sin obligaciones  sociales o fiscales, sin compromisos sociales que no sean el de la hipócrita caridad; en suma, el predominio de una ley de la selva  que augura un futuro bastante oscuro si no conseguimos dar la batalla política y, sobre todo, la batalla cultural para que los tramposos, los reconquistadores, los neo-franquistas y los defraudadores pero caritativos no se adueñen de nuestra tierra. Se lo debemos a Javier. Muchas gracias.

Carlos Arenas Posadas,
Profesor de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Sevilla

Nota: El libro de Juan Marsé, «Viaje al Sur», fue comentado en esta misma web por Andrés García con un texto titulado «Andalucia: Entre el mito y la realidad». Puede leerlo en este enlace https://www.asociacionredes.org/andalucia-entre-el-mito-y-la-realidad/

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