TRADICIÓN Y RESISTENCIA

Apuntes para una historia ingenua de la izquierda.

Somos tres amigos celebrando en la tarde noche de junio que la cervecita convocada y desconvocada una y otra vez durante meses por la pandemia, pueda tener lugar ahora en este ambiente de casi final de curso que suena siempre a final de temporada. Han sido muchos meses esperando para vernos y echar un rato después de tanta conversación on line; así que ¡por fin! aquí estamos brindando por el esperado encuentro y felicitándonos por el éxito de nuestra labor de coordinación de la revista REDESDICE, cuyo último número acabamos de subir a la red, cuando la feliz celebración no tarda mucho en deslizarse y mezclarse con la “no celebración” de la victoria de la derecha y el estrépito sin paliativos de la izquierda en las elecciones andaluzas tan recientes.

Dicen que donde hay más de dos personas de izquierdas el número de las propuestas de análisis político se multiplica hasta el infinito. No sé si es la forma de definir lo complicado que somos, o nuestro aristocrático complejo de no conformarnos con las explicaciones simplistas, así que ahí estamos dándole vueltas a nuestras peculiares interpretaciones de los resultados electorales. Se veía venir -nos repetimos-. Ya se sabe que el espíritu visionario -a pesar de sus continuados fracasos- forma parte también de la manera de ser de izquierda. Así que será ese espíritu visionario el que ha provocado que llegue a mi mente la palabra tradición como queriendo hacerse un hueco a codazos entre las palabras que fluyen por la conversación: Lo que ha pasado es que ha fallado la tradición de la izquierda -me da por decir como intuición visionaria que pareciera querer crecer y crecer…

Me lo contó un amigo: “Recuerdo, de hace muchos años, el gesto contrariado de aquel viejo comunista cuando le comenté mis dudas porque en los últimos años ya no votaba al PCE por convicción sino por tradición. Los jóvenes estáis equivocados -decía-; la convicción no importa tanto, lo que importa es la tradición. No hay que votar por lo que uno está convencido sino por lo que uno siente que es… Vosotros, los jóvenes, no lo entendéis, pero es así…

No lo entendíamos. Ser joven y estar equivocado es lo que corresponde tanto por ley de vida, como por necesidad de usar la experiencia del error para aprender -me digo ahora pensando también que entonces probablemente no lo decíamos-. Ser joven significaba, ya lo sabemos, sentirse imbuido del espíritu crítico y de una épica a lo Sabina de “dejar derribadas las estatuas públicas en los jardines” que es una forma como otra cualquiera de llamar a las tradiciones. Seguramente que ser joven lleva impreso en la sangre la pelea contra ellas y los jóvenes de mi generación creíamos tener razones suficientes para derribar unas tradiciones fuertemente enraizadas en la Dictadura.

-Yo os veo demasiado impacientes, con demasiadas prisas… quizás es mejor que sea así, pero nosotros tuvimos que aprender sin remedio que hay que saber esperar, que, como dijo aquel, hay momentos en que la paciencia es un arma revolucionaria -continuaba incansable su especie de alegato-… Y era eso mismo, que también por jóvenes nos recomía la impaciencia y queríamos cambiar las cosas. Incluso la palabra cambio se rodeó de un prestigio enorme y quizás desmedido hasta convertirse en cartel electoral de la izquierda. Pero eso es otra historia…”.

Las palabras de la memoria no llegan por casualidad, sino encadenadas y nos reclaman. Así que del recuerdo de las palabras de mi amigo pasé a recordar que también en nuestra profesión tuvo bastante éxito la crítica a lo tradicional: La escuela tradicional, los métodos tradicionales se convirtieron en términos peyorativos, mientras La Escuela Nueva y la renovación pedagógica parecían llegar arrasando con todo, olvidando que también hubo tradiciones interesantes en nuestra escuela y que nada hay definitivamente nuevo porque todo suele venir de lejos. Aunque también es verdad que debió pasar mucho tiempo para que yo pensara y dijera esto último.

Los errores suelen comenzar siempre por la confusión en el valor de las palabras -me digo-. Y una tradición es una construcción lenta y profunda. No lo olvidemos. Quizás era eso lo que le quería decir aquel viejo comunista a mi amigo cuando reivindicaba la palabra tradición en otras tantas palabras que estaban ahí, precisamente, en la propia tradición de la izquierda: honradez, decencia, justicia, libertad, esperanza, educación; también paciencia… Palabras que nuestra renuncia a la tradición quizás provocó el que fueran desapareciendo casi sin darnos cuenta por el desagüe de esta evolución de los tiempos que llamamos progreso. Y no sé por qué me da por pensar que también de la misma manera y casi sin darnos cuenta le hemos regalado torpemente la palabra tradición a la derecha, y ya sabemos lo que hace la derecha con las palabras: vaciarlas de valor.

La intuición visionaria de aquella cervecita parecía haber crecido mucho, quizás demasiado, sin por ello haber perdido esa doble condición de, por un lado, no saber dónde pretendía ir; y por otro, sin perder su vocación de querer cómo decirme cosas con la esperanza de que algo ocurriera para que todo se resolviese dotándolo de sentido, Y lo que ocurre y da sentido a todo no es ahora el valor de las palabras sino el valor de los datos. Datos que nos llegan por WhatsApp de los resultados electorales de Trebujena, un bastión de la izquierda que sigue siendo inexpugnable, muy probablemente gracias a su tradición comunista. Ante la ola de conservadurismo que amenaza con inundarlo todo, no estaría demás mirar a los resistentes, a esas “Numancias”, a Trebujena, por ejemplo -me digo uniéndome a otras voces que he leído no recuerdo dónde-. La tradición tiene esa forma de resistencia inexpugnable que me recuerda a los viejos comunistas de mi amigo. Un recuerdo cargado de superioridad moral.

“La ley de la superioridad moral” es el título del magnífico texto de José Luis Villacañas en Levante El mercantil valenciano, y en el que viene a criticar alguna posición de la izquierda actual como “una mentalidad cómodamente instalada en la superioridad moral”. Pero que no tiene en cuenta como dice nuestro autor que “éste es el más estéril de los sentimientos políticos”. Porque esa superioridad moral tiene sus propios efectos sobre la realidad de la izquierda y que el propio artículo sitúa como uno de los problemas del encaje de Unidas Podemos en la plataforma “Sumar” de Yolanda Díaz: “Como todos los instalados en la superioridad moral, venden cara la confianza. Su sensación preferida es gozar con sus propias percepciones…”. Así que investidos por el dogmatismo de la autoridad moral, ni siquiera se nos ocurre renunciar a nuestras ideas y a nuestra siempre honrosa posición crítica para ser generosos en “procesos asociativos o negociadores productores de impurezas”, pero a su vez profundamente necesarios para crear “cultura federativa” o “fundar tradición”. Situado el pensamiento en la autoridad moral y en su propio, restringido y honorable campo de ideas, se aleja de la experiencia práctica. Quizás cosas así es lo que pretendía decir aquel viejo comunista a mi amigo…

Tradición y resistencia, me digo pensando que también quizás es eso lo que creo vislumbrar en el magnífico texto de Gerardo Tecé: “El proyecto de Yolanda Díaz será rancio o no será”.

Es verdad que detrás del mundo de las tradiciones hubo siempre ideas fijas y preconcebidas que servían para justificar y reproducir la injusticia y la desigualdad del status quo; y que el pensamiento crítico fue muy necesario para poner en cuestión todo aquello. Pero la modernidad que luchó contra las tradiciones se olvidó de cumplir sus promesas y su descrédito pareciera conducirnos por la pendiente del escepticismo paralizante del todo da igual y del nada tiene importancia o valor. Si vaciamos de valor las ideas ¿qué nos queda a la hora de tomar conciencia de los problemas y resolverlos? Quizás la toma de conciencia de aquel viejo comunista que cuenta mi amigo era más sólida porque sus valores estaban anclados en una tradición clara que contrasta con la actual y confusa nebulosa de nuestras convicciones tan cargadas de escepticismo.

“Tal vez la mayor innovación para la nueva izquierda que nazca en el Matadero –déjense de bromitas con el nombre– debiera ser la de dejar de innovar tanto. Aprender algo de los usos y costumbres de los rancios partidos de la vieja política”. Estoy de acuerdo con G. Tecé en esa llamada a reivindicar la tradición y la necesaria mezcla de la frescura, que siempre caracterizó el espíritu crítico de la izquierda, con la experiencia; esos viejos hábitos de la política rancia -dicho en palabras de Tecé- que suelen ir bien: construir una marca reconocible, o el respeto al pasado que incluya al pasado más reciente que puede representar la figura de Pablo Iglesias y los logros del gobierno de coalición. ¿Por qué renunciar a ello?

Teatro político. Roberto Delaunay. 1914

Tradición y resistencia; me repito viendo como la intuición visionaria pareciera irse convirtiendo poco a poco en algo más lúcido y revelador. Ojalá la próxima nueva izquierda que acogemos con tanta ilusión y esperanza tenga en cuenta que esos valores de tradición y resistencia están ahí en su propia historia y que a veces pueden servir de enérgicos despertadores que nos alerten ante la deriva de la confusión, de la desmemoria y de lo que Robert Pyle llama de forma harto clarividente: “La extinción de la experiencia”.



Manuel Martin Correa es maestro jubilado de Primaria y miembro del Colectivo Surcos y de la Asociación Redes. También es Licenciado en Antropología Social y Cultural y Autor del libro ”Con trozos de tizas. Apuntes y relatos de una Pedagogía ingenua”. (Ed. Colombres)








Correa

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