Semántica perversa

Sobre las orientaciones obligatorias de la Consejería de Educación.

            En el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española, conocido comúnmente como DRAE por simplificar, la segunda acepción del verbo orientar dice textualmente: “Dar a alguien información o consejo en relación con un determinado fin”. Algo así como encaminar -verbo que, por cierto, se utiliza en las acepciones tercera y cuarta-, guiar, indicar un posible itinerario, dar pistas sobre la vía que se puede elegir ante una situación previa algo confusa o susceptible de aclaración. El sustantivo derivado del verbo orientar es, como todo el mundo sabe, orientación, palabra elegida en muchos documentos de la Consejería de Educación andaluza para deshacer los entuertos que muchas de sus órdenes, decretos,… provocan. Y este es precisamente el término seleccionado para titular el texto publicado el pasado tres de mayo por la Dirección General de Ordenación y Evaluación Educativa a propósito del lío que han montado con el calendario de evaluación de 4º ESO, ideológica y espiritualmente muy madrileño, por cierto. Como sabe cualquier estudiante de este curso, así como su familia y su profesorado, se ha adelantado al mes de junio la convocatoria extraordinaria de septiembre, con las siguientes fechas clave, según la Orden a la que estas orientaciones pretenden aclarar: el 15 de junio como muy tarde ha de estar cerrada la evaluación ordinaria y no antes del 22 la extraordinaria. Lo que haya de pasar entre ambos momentos entra dentro de lo esperpéntico, como se puede imaginar cualquiera que esté al tanto de los usos, costumbres, circunstancias e intereses del alumnado de este nivel educativo.

            Independientemente de consideraciones que tienen que ver con la ya tradicional distancia entre los despachos y los centros educativos o con la igualdad de oportunidades, la justicia social y demás fruslerías progres; más allá de lo grotesco de la medida en sí, del caos en el que esta va a sumir a los institutos -por si no fuera suficiente con la pandemia-, o de la provisionalidad de una norma que nota ya el aliento de la LOMLOE en el cogote; existe una perversa utilización del lenguaje en estas orientaciones que pone los pelos de punta, un deslizamiento -que no desliz- semántico llamativo y vil, o llamativo por su vileza. Me explico.

            Para concretar estas orientaciones, pasada la mitad de la primera página del texto redactado por la Dirección General antes mencionada, se elige la siguiente fórmula: “se aportan las siguientes aclaraciones:”. Ante este último término, uno entiende que pasamos a las explicaciones, a desbrozar el jardín en que se ha metido la Consejería con su nuevo calendario de evaluación final para 4º ESO. Sin embargo, en un giro de guion inesperado, entramos abruptamente en la zona granítica de las imposiciones, del ordeno y mando, a partir de fórmulas lingüísticas como el se de pasiva refleja o, más contundentemente, con una serie de perífrasis modales de obligación que destierran semánticamente el consejo o la sugerencia que se esperaba desde el inicio de la lectura. Y esto significa a pie de aula que se obliga a los centros a deshacer lo planificado, a echar por tierra el trabajo ya hecho, porque se adelantan los plazos sí o sí, porque, por ejemplo, las orientaciones obligan -valga el oxímoron insoportable- a evaluar entre el siete y el ocho de junio, contradiciendo a la Orden que, como ya se ha apuntado, dejaba de margen hasta el 15 de junio.

            Y llegados a este punto, uno se pregunta si todo esto surge involuntariamente o se trata de una burda, intencionada y escandalosa manipulación del lenguaje. En el primer supuesto, podría caber una disculpa, pero al mismo tiempo surgiría una preocupación profunda respecto a la competencia comunicativa de los responsables de este texto. En el segundo caso, este malabarismo semántico no desentonaría de tantos otros atracos lingüísticos perpetrados por esa ideología neoliberal que tiende a torcerle el brazo al diccionario para que su mensaje fullero y simplón llegue al ciudadano, lo empape y lo cale hasta el tuétano de su inteligencia para neutralizar cualquier reacción crítica -o simplemente cualquier reacción-. ¿Acaso no ha sucedido algo parecido recientemente con el uso de la palabra libertad en boca de Ayuso y sus secuaces? ¿No se ha despojado a esta palabra tan hermosa de su sentido histórico profundo, no ya solo de lo que dice de ella el DRAE, para malbaratarla y arrastrarla por el barro electoralista?

            Ojo con estos desplazamientos semánticos, con estos ilusionistas lingüísticos, con estos funambulistas del alambre comunicativo, porque su capacidad de persuasión es directamente proporcional al humo que venden y al vacío de su mensaje trilero.

            A propósito de la cacareada libertad de Ayuso, me quedo con el silencio como “la mayor expresión de libertad”, como propone Javier Sánchez Menéndez en su último libro Notas sobre el silencio. Y sobre las orientaciones de la Dirección General de Ordenación y Evaluación Educativa, ojiplático me tienen aún.

Juan Carlos Sierra Gómez. Profesor de Lengua y Literatura, y Director del IES Pésula de Salteras.
Su último libro es Ciclotímicos
(Editorial Sílex).

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