CONOCIMIENTO Y RECONOCIMIENTO

¿Cambiamos un montón de sabios por un youtuber y no pasa nada?

Digamos que de alguna manera somos también las palabras que nos acompañan y que están ahí buyendo en nuestras mentes como buscándose un hueco para ser reconocidas y valoradas. Y digamos también que en esa pelea por qué palabras optamos o elegimos nos vamos construyendo socialmente. Por eso hay palabras que suenan a valor y otras no pasan de moneda barata. La palabra sabio es una palabra de valor que suena a tradición y solera. Seguramente le costó mucho tiempo ganarse nuestro aprecio y un sitio en el corazón mismo de la condición humana. Ahí no se llega por casualidad. Las palabras tienen su historia y en la historia de las palabras, la palabra sabio contiene muchos esfuerzos de mucha gente que dedicó su vida al conocimiento. Cada vez que decimos “sabio” están todos ellos ahí para ser conocidos y reconocidos socialmente. Una sociedad que se precie debe saber reconocer y valorar lo que aporta socialmente el conocimiento y apreciar y cuidar a sus sabios. Conocimiento y reconocimiento debieran ser dos caras de la misma moneda que se alimentaran la una a la otra.

A pesar de que a lo largo de la historia, el poder en todas sus formas ha intentado utilizar el saber y el conocimiento en su propio beneficio y para su reproducción, y a pesar de que en términos de sabiduría no es oro todo lo que reluce, si miramos con sentido histórico, el caudal de conocimiento y sabiduría acumulado por la humanidad es enorme, y suma y sigue -diríamos. En las sociedades avanzadas la producción y acumulación de conocimiento, por ejemplo, ha venido permitiendo y sosteniendo un estado de bienestar y progreso bastante aceptable y los ciudadanos así lo han venido reconociendo porque se han beneficiado en parte de él. Hasta ahora…

Porque hay signos preocupantes de que vivimos un modelo de sociedad en que no esté tan claro que la propia sociedad, en justa correspondencia, reconozca la función social del conocimiento. Hoy los sabios son difícilmente reconocibles y reconocidos, porque la sociedad premia más bien a otros. Cuando una empresa tiene éxito y obtiene grandes beneficios, la ideología capitalista y neoliberal en la que vivimos impone el discurso que asocia ese éxito al espíritu emprendedor de sus dueños y directivos. Crean muchos puestos de trabajo -solemos decir como reconociendo, recompensando y hasta incluso justificando la enorme fortuna acumulada. Y sin embargo, raras veces nos paramos a pensar que una gran parte del éxito de la empresa se sostiene en un conocimiento que viene de muy lejos, que se necesitaron muchos esfuerzos de mucha gente, y que la alta tecnología no ha surgido de la nada ¿A quién pertenece ese conocimiento? ¿Por qué no pensar que pertenece a todos, como ocurre -todavía- con el aire que respiramos, los bosques o los ríos? Y si el conocimiento pertenece a todos ¿por qué no exigir que una parte de los beneficios de las empresas -sobre todo cuando éstos son descomunales- se destinen a fines sociales incluida la inversión en conocimiento como tal? En vez de eso pareciera que preferimos que el conocimiento lo financie la caridad empresarial que viene a aumentar en círculo vicioso su reconocimiento social.

La sociedad no premia ya al sabio. Conocimiento y reconocimiento ya no está tan claro que sean las dos caras de esa misma moneda que debieran ser. La ideología neoliberal ha cortado el cordón umbilical del conocimiento con la misma sociedad y se lo ha apropiado. Por eso el neoliberal no quiere pagar impuestos y lo puede afirmar con descaro, como convencido de que eso es lo justo. Está claro, repito: La sociedad no premia ya al sabio. Premia a otros, fundamentalmente a las élites, llámense empresarios, deportistas o youtubers…

Dice la noticia que uno de estos youtuber puede ganar al año cuatro millones de euros y que algunos se han ido a vivir a Andorra para pagar menos impuestos. ¿Cuántos sabios podrían pagarse con las ganancias de uno de esos  youtubers? Podríamos preguntarnos. Y la pregunta debería resonar y hacer temblar los cimientos y los muros de este modelo de sociedad en el que estamos tan cómodamente instalados. Porque la noticia es también, ahora en la pandemia, sobre jóvenes investigadores que estaban ahí pero no los veíamos. Apenas salían en la tele. No formaban parte de los héroes endiosados de nuestra cotidianeidad. Pero estaban ahí, invisibilizados, trabajando en precario, y casi desarmados profesionalmente, porque no había dinero. ¡Ay, el dinero! ¿Cuántos sueldos de jóvenes investigadores caben en lo que gana un youtuber, un futbolista o un empresario de éxito? ¿Cien?, ¿Doscientos?, ¿Quinientos? Si la pregunta no nos duele profundamente es que el conocimiento ha dejado de ocupar un lugar en el reconocimiento de la conciencia ciudadana y ha sido sustituido por otros valores como el éxito y el dinero. Y ello nos aboca a una enfermedad social terrible; la de vivir en una sociedad anestesiada que ha dejado de valorar y reconocer el conocimiento, ignorando la recomendación machadiana de “amar a los buenos y a los sabios que son los poderosos de la tierra porque ellos representan el único valor que contienen las multitudes humanas”.

Manuel L. Martín Correa es maestro de Primaria jubilado, miembro del Colectivo Surcos de Poesía y de la asociación REDES. También es Licenciado en Antropología Social y Cultural y autor del libro Con trozos de tiza. Apuntes y Relatos para una Pedagogía Ingenua (Ed. Colombre)

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