Caballero Bonald, tan nuestro

Alguien debió decir alguna vez que los dioses nos hablan a través de los poetas. Es lo que nos parece sentir cuando encontramos en unos versos la maravilla de que de todas las formas posibles de combinarse y ordenarse las palabras, éstas eligieron la más precisa y la más ajustada en términos de profundidad y de belleza. Habrán sido dictadas por los dioses, nos decimos. Pero ocurre que los dioses, a veces, parecieran estar demasiado más allá para que intentemos comprenderlos y será por eso que nos da por pensar que esta época de confusión que vivimos se deba a que ellos mismos han dejado de creer en el papel intermediador de los poetas como sus interlocutores con los hombres. Y será que también están demasiado más allá como para pedirles explicaciones… Porque no entendemos que hace poco se nos muriera Margarit y ahora haya muerto Caballero Bonald, tan nuestro…

Conocí -aunque mejor sería decir, conocimos- a Caballero Bonald cuando aceptó formar parte del jurado de nuestro Certamen Internacional Surcos de Poesía de Coria del Río. Porque era así. Sabíamos desde el principio que esa debería ser nuestra principal apuesta. Nuestro premio nunca podría competir con otros dada su escasa cuantía económica y fue por eso que quisimos siempre compensarlo con un jurado de prestigio. Que los jóvenes poetas a quienes fundamentalmente iba dirigido el premio, pensaran que, al menos, su poemario podría ser leído por un poeta importante. Eso nos decíamos, y a fe que lo conseguimos, porque por el jurado del premio Surcos de Poesía pasaron las más importantes figuras vivas de la poesía española: Chantal Maillard, García Montero, Benítez Reyes, Aurora Luque, Álvaro Salvador, Ángeles Mora, Carlos Marzal, Vicente Gallego, y muchos otros… también Caballero Bonald.

Recuerdo que me tocó ir a recogerlo al Ave y que apareció por la escalera mecánica de la estación acompañado de otro miembro del jurado; Javier Rioyo con quien venía charlando amistosamente. Todo el viaje hasta Coria lo llenó su interés e insistencia por saber de nosotros y de las peripecias de cómo había surgido nuestro Certamen. Decía que algunos amigos ya le habían contado cosas y que agradecía enormemente -creo que lo dijo destruyendo en ese sólo gesto toda su imagen un tanto altiva construida por los medios- nuestra invitación. Entonces recuerdo haberle contado con orgullo de cómo Surcos había surgido de unos profesores que en un colegio público apostaron por enseñar poesía a sus alumnos homenajeando a Machado, Lorca o Miguel Hernández; y del encuentro con un grupo de antiguos alumnos que algunos años después de aquella experiencia se acercaron por el colegio preguntando por sus maestros para decirles que escribían poesía. “No nos dábais alpiste, ¿de qué os extrañeis que cantemos?” le conté que fue la respuesta de uno de ellos. Y después le conté de su propuesta de que había que hacer algo por impulsar la cultura en el pueblo, y de que por qué no organizamos un Certamen de Poesía; y de que se habló con el Ayuntamiento y con la Caja de Ahorros y que aceptaron y se comprometieron a financiarlo, para que así culminara todo como en un cuento infantil con todas las “y” que hablara de la épica poética…

Deliberaciones del jurado del Premio Surcos de Poesía de 2007 en el que se encontraba Caballero Bonald (a la izquierda de la foto)

Después llegó la reunión del jurado, con sus deliberaciones. Y cuando otro miembro, un poeta joven, apenas insinuó que los poemarios seleccionados en general eran mejorables, él se encargó de cortarlo para decir que acababa de estar en el jurado de un premio mucho más importante y que no había encontrado allí la calidad que sí tenían al menos dos o tres de los nuestros. Y después vino el ritual de la lectura del fallo del jurado que se hizo como siempre en la barca que cruza el río y que el Ayuntamiento cedía todos los años para que se llenase de gente y navegar hasta en medio del Guadalquivir para allí echar el ancla, parar los motores y hacer público el fallo del jurado…

Y que después vino la comida, que hacíamos siempre para agasajar y también para aprovechar la oportunidad de poder charlar con los miembros del jurado en un ambiente más cercano y distendido; y que Javier Rioyo y él  mismo se encargaron de amenizar con continuas anécdotas y perspicaces comentarios o interpretaciones de cualquier cosa que saliera en la conversación. Y que al final, cuando ya estábamos de pie y casi preparados para despedirnos, fue que él mismo nos dijera señalando a unos árboles junto a la orilla del río:

-Pues yo me tomaba ahora con vosotros una copa allí en aquella sombrita, tan deliciosa…

Celebración del Premio Surcos de Poesía de 2007 con algunos miembros del jurado (Caballero Bonald, segundo por la izquierda)

Y que casi no nos lo creíamos que pudiera ser verdad, porque estuvo allí junto al río con nosotros echando la tarde, en una magnífica y generosa concepción de lo que es el vivir y charlar sin necesidad del tiempo y de las prisas. Y le oímos tantas cosas y escuchó con tanta atención nuestra historia y nuestra labor, que ya desde entonces, donde nos veíamos nos saludábamos, para nosotros sorprendernos de que nos recordara y para sentirle como siempre, tan cercano y tan nuestro.

Muchos meses después, nuestra poeta y amiga Itzíar Mínguez Arnáiz que formaba también parte del mismo jurado como ganadora del premio anterior, nos contó que fue a verlo a Bilbao -ella es de Baracaldo-; y que al final se quiso acercar a él para saludarlo dudando de  si se acordaría de ella. Y que estaba a punto de desistir al verlo rodeado de tanta gente, cuando en un momento la vio y,  excusándose con quienes le rodeaban, se acercó a ella para saludarla: 

-Hola poeta, yo te conozco de aquel día en Coria ¿verdad?

Y que ella respondió como pensando también en nosotros:

-Fue genial lo que vivimos… 

Y él añadió como regalándole su risa franca: 

-¡Y lo que bebimos…!

Pues eso, repito; que tan cercano y tan nuestro…

Y que hoy hemos tenido noticia de su muerte y hemos repasado las fotos de aquel día tan memorable, recordándole… Y  que alguien debió decir alguna vez eso de que los dioses nos hablan a través de los poetas. Y que debe ser verdad porque de la voz sabia de la poesía de Caballero Bonald aprendimos que los dioses quizás nos hablen también con palabras que suenan a cercano, a compañero, y a una medida del tiempo que se hace eterno si es para el encuentro, para la amistad, para el afecto; para beber y charlar a la sombra junto al río…

Manuel L. Martín Correa es maestro de Primaria jubilado, miembro del Colectivo Surcos de Poesía y de la Asociación REDES. También es Licenciado en Antropología Social y Cultural y autor del libro Con trozos de tiza. Apuntes y Relatos para una Pedagogía Ingenua (Ed. Colombre)

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