ALMUDENA GRANDES, TAN NUESTRA.

Digamos que conocí y conocimos a Almudena Grandes por aquellos años en que organizábamos como Colectivo Surcos el Certamen Internacional Surcos de Poesía en colaboración con el Ayuntamiento de Coria del Río y la Caja de Ahorros San Fernando, que se encargaban de la dotación económica del Premio, mientras que a nosotros correspondía la preselección de los poemarios y la búsqueda del jurado. En el recuerdo fue aquella una experiencia interesantísima que duró unos quince años y que nos permitió conocer y tratar con muchos de los mayores poetas de nuestro país. Por el jurado de Surcos pasaron Caballero Bonald, Aurora Luque, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Benjamín Prado, Ángeles Mora, y muchos otros. Porque la apuesta de Surcos era esa: ya que no podíamos dotar al Certamen de un premio económicamente importante, al menos que los poetas jóvenes a quienes principalmente iba destinado, les atrajera la idea de que sus poemas serían leídos por un jurado de prestigio.

Recuerdo también que nuestra idea era aprovechar la presencia de los miembros del jurado para estar con ellos el máximo tiempo posible y sacarles el máximo jugo a la experiencia de ese día entero, que comprendía no sólo la deliberación del jurado, sino también la comida y, ya en la tarde, la lectura del fallo del premio que se hacía en una de las barcas que cruzan el Guadalquivir por Coria. Allí convocábamos a nuestros seguidores habituales y al público en general, y subíamos a la barca que en medio del río echaba el ancla y paraba los motores para que se diera lectura al fallo del jurado en un acto simbólico que siempre entusiasmaba a nuestros poetas invitados.

-¡Cómo nos explotan estos corianos! -comentaba con sorna Benjamín Prado, siempre tan cercano.

Y digamos también que esa jornada comenzaba con el rito de convocar a los miembros del jurado en el bar «Los Claveles», cosa que hacíamos seguramente por tres razones: porque un bar siempre es un magnífico lugar de encuentro y de amistad, porque tenía buen marisco, y también porque allí trabajaba de camarero Joaquín, uno de los compañeros de Surcos y la persona que conozco que quizás más haya leído y que mejor cuente los chistes. Fue así como conocimos a Almudena Grandes, cuando acompañaba a su marido, el poeta Luis García Montero, que aquel año presidiría el jurado.

-Para celebrar vuestra llegada qué os parece una cervecita y unas gambas -propuso Joaquín tras los saludos iniciales…

-¡Qué maravilla! -dijo Luis-. Ya nos habían advertido nuestros amigos de lo bien que Coria trata a los poetas…

Y entonces ocurrió. Porque Almudena mirando el expositor de la barra donde estaba el marisco añadió:

-A mí me vais a perdonar, pero me encanta tanto el marisco que no acabo de quitarle la vista de encima a lo que veo ahí; y me he dicho: ¡Qué bien, Cañaíllas…! Así que si no os importa para mí cañaíllas…

¿Qué sabrá una madrileña de cañaíllas? Me pregunté como quien piensa que qué cosas tan raras hay por el mundo…

Cañaíllas…

Ir a coger cañaíllas era por entonces en mi pueblo uno de los juegos de aquellos años y aquella edad. Todos los saltos evolutivos en la condición humana individual se producen a partir de una hazaña como rito o por una infracción de las normas que imponen los adultos. Así que la hazaña a realizar para cumplir el rito de transición que convertía la adolescencia tardía en primera juventud era, por ejemplo, ir a coger cañaíllas en medio del río, en los grandes aguajes y durante la bajamar porque era cuando podías dar pie, dada la profundidad. Había que nadar un buen trecho para superar el tramo del caño por donde las aguas eran más profundas y llegar al banco de fango arenoso casi en medio del río donde estaban las cañaíllas semienterradas. Allí, con el agua por el cuello, ibas rozando la superficie del fondo con la planta del pie y un pequeño pinchazo era la señal que indicaba que allí había una. Después, con la punta del pie terminabas de desenterrarla y hábilmente metías el pincho largo de la cañaílla entre dos dedos, la subías hasta cogerla con la mano y la metías en la red del flotador que llevabas amarrado a la muñeca…

Siempre me gustó aquello de ir a coger cañaíllas. Cada vez que podía quedaba con mi hermano o algún amigo y allá que íbamos, asumiendo los riesgos del peligro de las fuertes mareas y también los éxitos y los fracasos como parte del juego; porque se trataba de eso, de un juego, de un juego para hacerse mayor. Y me gustó durante algunos años más. Se diría que aquello que formaba parte de los juegos de la edad, me tuvo enganchado durante algún tiempo después, quizás porque siempre nos cuesta trabajo abandonar la épica adolescente, de la misma manera que también nos cuesta trabajo dejar atrás y abandonar a nuestros héroes de la infancia… o a tener que asumir la muerte de los seres queridos.

El Guadalquivir a su paso por Coria del Río.

Digamos que todo esto que cuento ocurrió como inundándome en un sólo instante o como si se tratara de un flash de la memoria; seguramente era así porque las cosas a veces no se recuerdan con el ritmo y el tono de las palabras sino con imágenes que duran eso, apenas un instante. Y también fue eso, que en un sólo instante las palabras sobre qué podría saber una madrileña de cañaíllas se me dieron la vuelta para venir a desmentirme:

-Para mí son irresistibles… Me encanta ese ejercicio casi artesanal, de ir poco a poco sacando el bicho con un tenedor o un palillo hasta llegar ahí al final, a esa cosa que parece tan asquerosa y con un color tan guarro, pero que está buenísimo…

Porque también era eso. Era que en el recuerdo nos gustaba aquella manera lenta y minuciosa que acababa de oír de Almudena para sacar la cañaílla toda entera, hasta sus últimas vueltas. Y era también que al conseguirlo, te las comías como si fuera el premio a una labor bien hecha. Mientras que si tenías que usar el martillo para partirlas y llegar al final, ya no era lo mismo; y las golpeábamos como sabiendo de antemano que ibas a comerla combinando su extraordinario sabor con el también sabor extraño de los pequeños fracasos…

Apenas le comenté a Almudena de esta mi relación con las cañaíllas para que me respondiera con su acostumbrada y amplia sonrisa…

-¡Qué bueno!… Fíjate, que quién me iba a decir a mí, que una madrileña como yo, hija y nieta de madrileños iba a terminar por amar tanto el mar…

Amar tanto el mar… “De amar el mar” es el título de un poemario nunca publicado de Juan, otro compañero de Surcos; y de amar el mar es una reflexión que las palabras de Almudena vino a provocar en mí: quizás porque nunca hasta entonces había pensado eso de amar tanto el mar. Ya sabemos que apenas solemos valorar lo bueno de las cosas y las personas que nos rodean, quizás porque estemos acostumbrados a que estén ahi, sin pensar en lo afortunado que somos por ello. Pues eso; creo que mi relación con el mar y quizás también con todo lo más cercano, empezó a ser distinta y más agradecida por cuenta de las palabras de Almudena.

Después, durante la comida y la sobremesa que siguió a la deliberación del jurado, tuvimos la oportunidad de descubrir a la Almudena Grandes más cercana: Sus historias nos cautivaron no sólo por lo que contaba sino también por cómo las contaba; poniendo toda ella en lo que decía, que es tanto como decir que ponía toda la verdad en lo que decía; y como si se dirigiera a todos sin por ello perder un ápice de la confidencialidad y la cercanía del tú a tú. Quizás por eso le oímos hablar de muchas cosas; y también de que le gustaba mucho cocinar, cocinar para los amigos y seres queridos. Y no era hablar del amor a la cocina, la expresión manida en los programas de la tele, sino hablar de cocinar por amor. Una idea que después vimos recuperarla en “Inés y la alegría” y de la que sabían muy bien las mujeres del grupo que entraban en la conversación para hacer guiños y comentarios sobre recetas y condimentos que convertían todo en buen humor y en risas. Y era entonces en su risa cuando destacaban la mirada limpia del brillo de sus ojos y aquellos dientes separados…

Portada del libro «Inés y la alegría» de Almudena Grandes.

-Estos dientes separados son como un signo de identidad del clan de los Grandes de España -creo recordar haberle oído decir en una entrevista.

-Niño -me solía repetir mi mujer-. Haz el favor de cerrar la boquita cuando vayas a hacerte una foto. ¿No ves lo feo que estás con esas paletas melladas y separadas? Y a ver si vas de una vez al dentista para que te las arregle…

-Bueno -dijo el dentista- Lo normal es que esos nuevos dientes de arriba vayan uno junto al otro, pero entiendo que hay personas que los dientes separados forman parte de su identidad y se ven raros sin ellos. Así que como usted prefiera…

-Pues, un poquitín separados- le dije sin llegar a explicarle que me gustaban así porque ello me identificaba con una persona a la que admiraba y que esa admiración debía ser muy grande para romper una identidad totalmente ajena y despreocupada de los signos externos. No llevo anillos, ni pendientes, ni tatuajes, pero sí dientes separados…

Pues eso también. Que quizás nunca nos hayamos parado lo suficiente en indagar en el mundo de las afinidades personales para entender cuánto de ellas hay en el cómo somos y por qué amamos a las personas que amamos. Sólo que tengo claro que por cosas como éstas, Almudena Grandes nos ganó para siempre, para sentir desde entonces que ella era de los míos, de los nuestros. Y también para siempre alegrarnos de saber de ella a través de los amigos comunes que veraneaban en Rota, o para asistir a la presentación de cada uno de sus libros aquí en Sevilla y para encontrarnos siempre con su acento más´cordial y cariñoso, como la dedicatoria que nos firmó en “El corazón helado” que decía: A Carmen y Manolo para que nunca se les hiele el corazón…

Hablar, y sobre todo escribir, puede convertirse en un ejercicio noble que consiste en la épica del esfuerzo por elegir las mejores palabras. Palabras es lo que no han faltado en estos días en los múltiples escritos y testimonios, de las también múltiples expresiones de homenaje y afecto a nuestra escritora. Está muy bien que así sea y que esos testimonios se multipliquen hasta hacerlos imprescindibles e inacabables. Pero si tuviera que acudir a ese ejercicio noble de elegir de entre todas las palabras las que más brillen obviando a las demás, me gustaría hablar no sólo de su cercanía sino también de su grandeza. Almudena Grandes es una de las grandes de España porque reúne en ella dos valores que caracterizan a la grandeza: la nobleza y la generosidad. De la generosidad inconmensurable ya hablan sus amigos, todos. Generosidad es la palabra que elegiría para definirla él mismo, según nos cuenta el propio Benjamín Prado, su hermano del alma. Estamos de acuerdo; sobre todo si al concepto de generosidad le añadimos también el ser generosa en cómo entender el reparto del protagonismo; con ella delante ninguna voz se quedaba atrás. Lo saben muy bien todos los tímidos que alguna vez tuvimos la oportunidad de tenerla cerca. 

Y también a su alma generosa permitidme añadirle, su nobleza. 

Recuerdo que en una entrevista que compartía Silvio Rodríquez, nuestro cantautor cubano, con una dama de nobiliarios títulos, el periodista cuando acabó la entrevista con ella dirigiéndose a Silvio dijo:

-Bueno, sabemos que en Cuba no queda nobleza ¿no?

A lo que Silvio Rodríguez casi a modo de protesta contestó:

-¿Cómo que no? en Cuba claro que queda nobleza; el pueblo cubano es muy noble…

Pues eso mismo. Que es a esa nobleza del pueblo a la que nos convoca Almudena Grandes, tan nuestra. A los valores de nobleza de nuestra Segunda República que encontramos en tantos personajes de sus “Episodios para una guerra interminable». Esos nobles republicanos tan olvidados por ignorancia o por mala fe que todos los españoles de bien deberíamos reivindicar en su nombre, en el nombre de la nobleza de Almudena Grandes y en la utopía de la hermosa España que podía haberse construido con la nobleza -¡vaya paradoja!- de aquellos republicanos…

Y ahora ¿qué hacer para que no se nos lleve la muerte su cercanía y su grandeza? me pregunto en estos días como con una fe un tanto herética que me empujara a negar a esa misma muerte por injusta, por excesivamente injusta.

Por ahora, negar su muerte consiste en estos días sobre todo en sobrevivir a lo cotidiano, buscando una y otra vez su nombre en las noticias y leer cada una de ellas y cada uno de los artículos dedicados a ella, en Infolibre, El País, ElDiario.es… Todos inmensos y exagerados como deben ser siempre las palabras que provienen del afecto y del reconocimiento. Y negar su muerte es también proponernos volver a leer sus libros, tenerlos cerca y leerlos las veces que haga falta para que sus palabras, al calor de su nombre y de su voz, hagan que nunca se nos hiele el corazón.

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